El rincón de lila

De omnibus dubitandum

harumi hironaka sensual sad illustrations
(Ilustración realizada por Harumi Hironaka)

Sucede que un día tuve veintitrés y me encontraba divagando en la mirada perdida, que tenía sabor a vino y a bilis. Lo que había descubierto en el llanto de recién nacida adquiría un gusto parecido: agridulce.


Me mecía de izquierda a derecha, abrazada a un jean tiro alto mientras la cerámica fría y gris evocaba la redención a una culpa incierta y necia: movida por consignas dulces, escupidas en aura de pasado. Y la palabra “puta”, las marcas sobre el mentón, los ojos opacos y el forcejeo mudo se mezclaban en palabritas elaboradas en flores de papel periódico. El monstruo a contraluz me observaba escueto desde las rendijas claras fuera de la puerta del baño, había permanecido cerca-más cerca de lo que las promesas edulcoradas me permitieron tener en cuenta-durante nueve años.


Ah, es cierto, en nombre del amor “todo se puede”, la lealtad es estandarte de lo absoluto y las necesidades afectivas y egoístas adquieren consistencia dogmática. Ciega y estúpida la pretensión de excluir la duda, el error y el fracaso de tremenda intención-pleitesía-anhelo. Día a día, segundo a segundo había encontrado formas de morir y él-el monstruo-maneras de matarme.


Esa noche, en la botella vacía, con los labios desollados y los sollozos ahogados en nausea me di cuenta de que tenía veintitrés solo porque mis pupilas almendradas habían quemado la sombra de una niña de cerquillo irregular, soledad anunciada y cuerpo moreteado, que tenía tan solo cuatro.


Admito, probablemente, aquel enero once, su espíritu reposaba roto, pero la rabia le ardía en la boca y la determinación en las palmas abiertas:

Se acabó, para siempre, punto final.
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El corazón me palpita lento; pero no me aflijo y tampoco entiendo, no sé si se puede amar lo que se desconoce y en ese sentido; yo soy solo desconocimiento.


Los brotes de polen en plena primavera me narran sobre nanas de calma y de cuna en las que tal vez, pude algún día, haberme arrullado; pero no hallo razón para dar en ello cabida a lo “verdadero”. No conozco de certezas y he descubierto que me aferro con rabia a la consigna “libertad”, me aburre pensar en sonatas eternas y en cuentos sin finales abiertos. 
No me he abierto la piel en noches blancas para tejer sobre ella melodías románticas de placebo hilarante: así que no doy pie al porvenir y no creo en las promesas. 


Deambulo en melancolía lobuna desde hace largo tiempo, no existe argumento, construcción o dádiva que me convenza de hacerme por (para) un otro y mis fogatas siguen quemando anhelos viejos, tan viejos como estériles. No negaré, tampoco; tengo mucho miedo, porque solo sé estar sola y decantarme por toda ruta que me lleve a lo lejos, a lo remoto, a la solución patética de vacío recurrente.


No me eximen estas conclusiones, de suavizar el tono de voz y sentirme a gusto en el calor prestado, de abrazar y acoger las vibraciones minuciosas de una piel suave; de besar despacio, de fruncir el ceño en medio de las intenciones conscientes de experimentar sobre (en) sexo, placer, deseo.
Me gusta contemplar las motitas de polvo sobre mis pestañas y hundirme en la calma torpe, en el descubrimiento constante de que no puedo adjudicar categoría o naturaleza a lo que siento o a mis demostraciones de afecto; ni me esperan, ni espero.


Y por eso, tal vez, solo tal vez, alcanzo a divagar e incluso hasta proponer que; el no saber es mi forma genuina de querer, sea lo que sea, que eso signifique, sea a dónde sea, que eso me lleve.
Imagen

La luz permea las motas naranjas; color lapislázuli, mis esperanzas miran ciegas dirección al firmamento donde relucen verdades a medias; qué más dará, son verdades al fin de cuentas. 

Las pestañas color miel cobijan las noches de desvelos, que cuento; son 1, 2, ¿Eran 13? ¿14? ¡110!

La bilis me trepa por la garganta y doce lunas me arden en la piel: estoy enferma, el corazón me pesa. Estoy enferma mis, huesos son piel.

El vacío ha regresado y la muerte, y la hiel.
PRECIOSA IDEA DE DISEÑO - LUNA

El ruido se pierde en la noche oscura y vacía; en la penumbra, en la tristeza, todo lo que me acompaña es la urgente necesidad de escribir; esta vez sobre ti. 


Porque te llevo muda en la mirada taciturna, te espero asustada cobijada en el anhelo de que aún me quieras; sea lo que sea que eso signifique…
Te siento en la piel ajena y me hacen falta; tu mirada consistente;tus premisas claras, tus hoyuelos ensimismados en lo cotidiano.


En la sin certeza, en lo inexorable;


Me entristece la melodía pausada, la estrechez de las circunstancias.


Quiero regresar al observatorio astronómico de mercurio, contemplar tranquila el transcurso de una noche lunar...


Te extraño.
Evie-Cahir-16

Apostaría, me atrevería casi a asegurar, que este, de entre todos, es el primer escrito que realizo desde el desasosiego. Contemplando desde las luces fluorescentes mis vínculos con el mundo. Desde la indiferencia propia del dolor, de la incapacidad de hallar respuesta: que es más humana que nada y, tal vez, en nuestra corta experiencia generacional, más cierta que nunca, aunque sólo sea temporal.


Vivo a diario, perdida en una nebulosa de espacio, insertada en la nostalgia de un tiempo en el que la noción del mañana era ingenua y perezosa. No sé que sería de mi, sin el recuerdo recurrente de una puesta de sol y las rodillas empolvadas entre el tarareo de las cadenas oxidadas del columpio. Y Caigo, ingenua, en mi piel de veintitrés relatos; que se comienza a resquebrajar bajo la luz de noviembre, que, es todo lo que tengo para ser feliz: 


Mis ojos castaños, sinceros, mi pelo desordenado y la promesa sellada en mis labios: de que podía ser noble, valiente y volar en un dragón de escamas zafiro.


Y solo sé que ahora; estoy aquí, convencida de que mis preludios de cuentos fantásticos han hecho bien de perderse entre páginas de suposiciones existencialistas, reafirmadas bajo la premisa más aplastante: que el absoluto está muerto y que la vida, es solo sufrimiento. 


Me pregunto si a ojos de una noche blanca de verano de hace once años, me veré tan ridícula y patética como me lo figuro.


No sé como querer; porque no me enseñaron-como a todos-y entonces voy a tropezones conciliando mis anhelos de amor con mi tosquedad, torpeza y sobre todo, ignorancia. No sé qué tan bien me está saliendo. A veces, siento que desprecio profundamente todo lo que me une a un mundo que con los años, no ha hecho más que tatuarme consignas dolorosas en la piel. Que mi corazón no conoce otro sentir que la rabia que engendra la inconformidad de los sucesos imborrables. 


Y cuando las veo, a las personas, me pregunto si el cariño, el afecto, la ternura, el respeto que me inspiran tienen alguna carretera de salida...He aprendido tan bien sobre lo crueles e indiferentes que pueden llegar a ser; y me acerco desde el recelo y el convencimiento absoluto de que la herida es inevitable. Así que, decido ignorar a grandes rasgos el impulso inevitable de aferrarme a su calidez. Me alivia tanto, tantísimo pensar en la siguiente movida, en la ruta de emergencia, en lo inminente de la partida; en nuestra despedida.


Y así, parece que su belleza, tormento, su templaza y su injusticia, me pesan menos. Puedo jugar a desvalorizarlas, comprender su condescendencia muda, sus anhelos existenciales lanzados a un lienzo de acciones ciegas; su intento desvivido de subsistir a la angustia de lo inevitable; a las heridas proféticas; y en ello, en lo irremediable de su andar, estallan mis contradicciones. No somos en el fondo, tan diferentes: ahogados en nostalgia, miserables y condenados a repensarnos; en las limitaciones y niveles que correspondan. 


Si esa certeza pequeñita me mantiene en pie bajo un árbol de figuras deformadas a contraluz, entretenida, tratando de darle explicación simbólica a sus encajes y bordes…Entonces... ¿Por qué a veces siento que las quiero tan poco?
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Tres tazas de languidez y la mirada tersa; soy chiquita, atrapada en el tiempo, en el ir y venir de las motas de los dientes de león. 
No sé como desesperezarme la inseguridad; tengo las mejillas teñidas de carmín, la mirada rota, perdida y las manos encogidas.
La vida sigue teniendo las dimensiones de un excusado de secundaria; el alma se tuesta olor a eucalipto podrido, siempre puntual; a las 12 y 45 de la tardemañana y yo;


Sigo sin encontrar camino a la redención.


The Giants Of Industry

El reloj digital marca las cuatro y veintisiete de la madrugada, el frío invernal trepa por las rendijas de la ventana. El ruido del tren de las once se pierde en la lejanía de las vías oxidadas de la estación de L'Hospitalet. El regusto a vino baila gustoso entre mis papilas, la tela de algodón parece haberse adherido a la espalda, el tacto raposo de las sábanas blancas me narra historias sobre lo triste y lo melancólico. El calor trepa desde mis piernas hasta el ombligo en las palmas de tus manos, arqueada apoyo mi mentón en tu cuello; tabaco arábico y sal en la boca.

Desnudarse y perderse. Transitar por el oxímoron de lo que sana y lo que hiere. Gritar cuatro, cinco diez, veces y armar compases de melodías que ahogan el llanto.
El sabor disfrazado de rutina, desenfreno, de duda existencial, y en medio de un orgasmo semiestructurado, dejado casi a la mitad

La capacidad de transformar, hacia el vacío, hasta lo profundo de lo agridulce cobijado en mi paladar.
pencilborn



Tengo la mirada prendida en fuego y el corazón me late estimulado por la rabia; a veces creo que este mundo no me ha dejado más salidas que el reconocerla como la única emoción válida, verdadera. Debo reconocer no sin que las palabras se me traben torpes en la lengua, que parece haberme recorrido el cuerpo, no ha dejado esquina sin rastreo. 

Ha endurecido el color de mi mirada; y... ¿De qué debo tener miedo? También me ha llenado de desprecio, silencioso, frustrado. Me mantiene recitando en mañanas húmedas el relato de memoria; mi vida es el escenario donde ha repartido los roles precisos; mezclándose contradictorios en las certezas agridulces que ofrece en bandeja de plata el privilegio.

Estoy harta de que mi presencia etérea chasquee dulce entre discursos ajenos. Resisto y me rebelo porque son las únicas oportunidades de subsistencia a las que he podido aferrarme en medio de un naufragio de miseria. Y si me niego, si rehúso, si mi mal carácter me sostiene viva en un vaivén de maldiciones heredadas es solo porque me niego a dar el brazo a torcer.

Prefiero morirme a ceder una milésima de mi libertad quebrada, poco me importa si el orgullo me empeña a cinco centavos, o si lo efímero e insignificante de mi transitar resume consignas revolucionarias en un tiro en la nuca. Vivo dispuesta a perderlo todo, porque todo me lo han arrebatado, incluso el derecho a obtener justicia o reparación.

Pueden joderse y hundirse en condescendencia tanto como lo deseen, que los perdone dios-ya que les resulta tan conveniente-yo no pienso hacerlo.


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Todavía siento que la lluvia me quema en la piel y que mi aliento acelerado se pierde en la humedad de la noche. Cuento reproches con los dedos de las manos y me doy cuenta de que es inútil, que el regusto amargo de café negro sin azúcar es capaz de resumir lo innecesario del remordimiento. Mis anhelos de niña parecen no tener cabida en mis veintitrés años, he crecido y he cambiado. Cuanto ha dolido; no sé que milagro me ha permitido soportarlo.

Me refiero a ese dolor necio enredado en mis entrañas, a esa tristeza incontenible marcada a fuego en los trazos que definen las curvas tercas de mi cuerpo. A los sueños etéreos cobijados en premisas de placebo.

Que fracaso, pero que lejos, que bien se siente.

No quiero esas consignas si se resumen en vómitos puntuales sabor a vino, cuando el reloj marca las cuatro o las diez de la mañana. Si eso implica que debo ahogarme en llanto sobre las baldosas grises del baño o perder la mirada nublada en los trazos de la puerta de madera. No las necesito si me traen recuerdos de noches sin luna, me rehúso a mantenerlas si me conducen a escenarios en los que reina la desolación más absoluta.

Estoy muy lejos de ser perfecta; pero no lo merezco, nunca fue así. Los trazos de sal que me han dibujado los pómulos están muy lejos de encontrar razones. Así que, es hora de envolver toda su negligencia y errores en papel de regalo color escarlata, dejar que lo devoren roedores en chasquidos de puro sin sentido.

Yo me desentiendo, me despido, y;

Pueden-deben- arder esos retazos de papel y sus relatos escritos en hiel, en lo más profundo del infierno, junto con mis buenas intenciones, mis memorias anhelantes, todos mis intentos, junto a mis sueños de pelada necia, terca y demandante.


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Las gotitas de rocío se pierden escurridizas por mis mejillas, besando suave mis hoyuelos de porcelana. Se pierden en mis clavículas las promesas ridículas; esas que nadie pudo cumplir. Las yemas de mis dedos suelen dibujar los caminos que mi cuerpo ha tejido; rumbo a la desolación, a la ausencia de perdón. Y lo celebro. Porque mis nanas de infancia han dado paso a discursos coherentes que acribillan relatos, algunos heredados.

Desde mi cabello caoba, necio como el firmamento que lo acoge, hasta mi cintura ondulada y terca. Mis consignas, tejidas en soledad durante once noches, son inamovibles. Han sido bendecidas en mi obstinación, en el sucedáneo de cordura que prima en las dinámicas de una razón traviesa, conflictiva.

Y en la danza frenética e intermitente del dolor entre los pliegues de mi piel, me he reconocido; y soy tan efímera ahora, como las despedidas que me marcaron. Espero tan poco; tanto como rechazaron, tan poco como ofrecieron, tan hosco, tan certero, como la ausencia de garantías y el fracaso.

Se amar tras las puertas que antes me condenaban al llanto y estoy tan dispuesta a dejar ir, irme, arrojar, arrojarme; como a respirar.

-Aunque sea en mi carcasa fría y ajena-

Las personas dependientes cometen errores garrafales a la hora de sumergirse en una relación. Descubrirlos les permitirá abrir los ojos.

Y aunque la esperanza es inevitable… ¿Por qué deberíamos hablar de amor?

Quiero decir; es agradable sentir el tacto aterciopelado en las noches cálidas y es asombroso perderse en el embrujo de lo efímero, siempre y cuando la penumbra no se sujete a las prescripciones.

Contemplar el ruido extraviado de una tarde convulsa perdida en las luces de una ciudad en la que siempre prevalecen las sombras; en palabras que se trazan suaves sobre la palma de una mano cálida. Y comprender en el dibujo; lo bello y el tormento.

Sentir la melodía de un playlist de canciones de rock en medio de ponencias de filosofía; de susurros asertivos y dudas existenciales que se proyectan en pupilas que rehúyen el contacto.

Y, sobre todo, lo inconcluso, lo inconcreto, la duda; y en ello el acierto.

Que más me da si es inevitable o no, ¿Qué necesidad hay de la esperanza? ¿Por qué debería yo, hablar de amor?

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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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