El rincón de lila

De omnibus dubitandum

 


(Ilustración realizada por Xuan Loc Xuan)

Ah, el desasosiego, campa rampante sobre mis muelas y me deja sabor agridulce, a mañanas no concluidas a recuerdos desesperantes de la infancia, quien sabe, al menos soy lo suficientemente valiente como para no renegar de estos, allá que se nieguen responsabilidades los que son cobardes. Me hago cargo, cargo desde que tengo memoria, desde que debía levantarme, comer, vestirme sola, llevarme, traerme de la escuela y darme las explicaciones que esa gente adulta, muy confundida y con demasiados problemas no sabía darme. Así que es evidente que hacerse una buena vida, cuando intenta hacérsela uno mismo, es una tarea difícil y poco fructífera, mirándolo con serenidad adulta, no es de extrañarse siquiera un acápite de mis circunstancias actuales.


Me pregunto qué habrá sido de aquella muchacha, probablemente a ella, mis lamentos, limitaciones, mis tan pulidas, puntiagudas, cuadradas formas del mundo le importarían un carajo. Esa muchachita tuvo el corazón para sobrevivir a tanto, desde luego, yo no me le parezco en nada. Ella creía en los mañanas, en su versión edulcorada del tiempo, en un “yo creo en las hadas, si creo” de corte cronológico. Asumía que para los veinte ya no tendría miedo de la oscuridad y que tendría suficiente calidez en las muñecas como para seguir siendo buena persona, para nunca parecerse  a nadie que la rodeaba, para nunca ser cruel, perder los estribos, ahogarse en diecisiete botellas de cerveza o estallar en una crisis nerviosa. Y cuando le costaba creer, porque había días en los que francamente le costaba, se sentaba en el balcón con las mejillas ardiéndole de tantas bofetadas y dibujaba sobre sus folios blancos, era rebelde, amable y malcarada. Y hoy se ha perdido, todo eso, toda ella, se ha perdido por completo. 


Traen a colación los espectadores sus consideraciones particulares sobre el paraíso perdido, mi infancia fue un lugar plagado de monstruos y escapadas fortuitas, de incógnito, a prados violetas. Yo no extraño un milímetro de ese mundo plagado de sombras, de negligencias en bucle, en eterno retorno, no romantizo en lo absoluto los relatos que me contaban a luz de luna, no se me antojan nobles la miseria, el panfleto gastado del manifiesto comunista o la hoja gastada del dominical, a mi se me ha difuminado el carbón de las mejillas y nunca supe rezar con convicción alguna. Lo que extraño, lo que anhelo horrores, lo que me revienta de rabia y me hace maldecir mecánicamente sobre la mesa de cristal en la casa vacía, es mi vitalidad empeñada. Mis latidos repiqueteando en piedra, la frialdad sobre mis antebrazos marcados en sangre, el vómito atascado en mi garganta, la piel hecha huesos, la tristeza bajo la almohada. 


Me extraño a mi misma, sobre la barandilla del balcón bailando en las puestas de sol sin miedo al vacío, a punto de caerme, sola, con las columnas desmoronadas, pero riendo, danzando, riendo...

     

                                                                                                               (Ilustración realizada por 애뽈)

    Hoy es uno de esos días en los que no puedo pensar claramente, no he dormido, por eso mismo, debo escribir. He tenido mucho trabajo, me duele lo que tiene que dolerme, por cuanto haga falta, y la vida se me ha venido encima. Es este un escenario de los difíciles y he llorado bastante seguido estas madrugadas, la conclusión a la que me ha conducido el insomnio, sin embargo, es cuanto menos cálida, resisto tanto a creer lo que mis ojos no han visto, ni mi piel ha experimentado, que no voy, no puedo negar; me resulta extraño. He recorrido 365 días y he descubierto en mi mirada a una niña muerta de miedo, pero con ojos de luz, sonrisa escueta y piel abierta, esperando a ser tocada. Tomé una decisión difícil, difícil porque ni aun embelesada puedo ceder frente a lo otro, lo desconocido, lo irremediablemente doloroso, doloroso, dolor, mi vida ha estado tan llena de esto y apenas dimensiono; tu calidez ha sido un hilo de Ariadna.


Si, nuestra cercanía se traduce en convenciones asociadas a lo socialmente construido y aceptado como afectividad, para ser más concretos, afectividad sentimental, pero esta dimensión es apenas una pequeña pieza del repostero. Confieso que cuando estoy contigo mi piel vibra suavecita y tu espalda se siente en tacto de nube, calor de chimenea en los meses de navidad, de invierno. Me es fácil cerrar los ojos y anhelo siempre acariciarte, no pienso demasiado sobre estos impulsos, pero, sé, me alcanza para saber, que no me brotan de la nada, que hay en ellos una suerte de deseo consciente que trasciende la excitación torpe de los primeros días, días en los que no quería mirarte demasiado tiempo, por miedo a que notaras toda mi curiosidad e intriga.


 Llegaste despacio y con cuidado, siempre preguntando, un paso adelante de mi tosquedad, directo, breve, estructurado, estructuradísimo, pero tan paciente, amable y fuerte. Se sentía todo tan sencillo, en su puesto, en espacio propio... solo pude sentarme a tu lado y resignarme a querer estar cada día un poquito más cerca. Que bien se sintió tu tacto siempre, de verdad, nunca hubo miedo, supongo que esa debería ser la regla, no en mi vida por lo menos, tristemente. Tus dedos podían deslizarse por mi cabello, muñecas, espalda...recrearse en los pliegues de mi blusa, trazar el camino hacia mis pechos, darme tranquilidad, generar deseo, sugerir, avivar pura libertad. Por supuesto, a veces no sabía cómo ubicar las emociones y me quedaba extrañada observando tus facciones a contraluz. Más allá de lo físico, está el placer, que siempre me ha generado innumerables problemas, más allá del placer, está la confianza y luego, la calma. En mi método de observación científica, me ofreciste un resultado atípico y comencé a evaluar la veracidad de los epistemas. Volví al pupitre y no lo he abandonado.


Pero es que, no sólo he aprendido sobre los afectos, el acompañarse en pareja y todas sus implicaciones químicas. He aprendido, por causa natural, no porque haya motivos divinos, o en su defecto heliocéntricos, sobre la posibilidad de tomar decisiones diferentes, de vivir diferente. Amanecer en silencio y contemplar los átomos vacíos en color primavera. Y tal vez, tal vez por ahí está la respuesta, que no hay solo violencia, y que vale la pena tener fe y ser valiente, sobre todo, que puedo, que puedo permitirme tener fe y ser valiente...


Que lo merezco.





(imagen obtenida del blog de hintofvanilla)

Tengo los ojos perdidos en la estantería, reposando sobre los libros, descartando relatos, a manos temblorosas y sonrisas ciegas; no sé decidirme y no hay consigna que me convenza. Llevo atravesada la memoria de lunas llenas, suspiros pequeñitos, y tus manos acariciando la curva que lleva hasta a mis caderas, en sexo y en calma también, porque en tu piel hay placer, pero también sosiego, pura incertidumbre. Estoy muda, soy torpe y tengo mucho miedo, pero créeme, te quiero.

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(Ilustración realizada por James Olstein) 



Mi respiración acompasada se perdía en el aroma amargo de la taza de té  que reposaba en la mesa de madera, eran las seis de la tarde y los oficinistas del centro paseaban por la avenida nueve de octubre, el Asian Coffee Roaster ofrecía mimosas a 2x1 y el lugar estaba repleto. Revisaba un libro de la pila, y tipeaba a conciencia en la computadora, el final del semestre había llegado y con ello, también una infinita lista de trabajos solicitados a 20 dólares por cada burgués de cuarta. El estruendoso arrastrar de la silla me sacó del ensimismamiento. Llevaba una camiseta celeste de botones apretados, el pelo hacia atrás y su bolso de trabajo sobre el antebrazo, como siempre. Le brotó el discurso ensayado, el que practicaba cada mañana frente al espejo desde que tenía 15 años. “Que pereza” pensé, “ya tiene veinticuatro”.


-¿Llevas mucho tiempo esperando?-parpadeé dos veces hasta caer en cuenta, coloqué mi cabello tras la oreja, y sonreí, yo también había estado ensayando durante largo tiempo.


-Ah no, no te preocupes tengo en serio, mucho trabajo que hacer…-el muchacho, sin permitirme terminar como de costumbre, se hizo de oídos sordos y comenzó a remover los libros que tenía apilados, sin reparar, uno a uno. Albert Camus y los Justos, Sartre y a Puerta Cerrada, Bertolt Brecht y Madre Coraje, mis lecturas sobre sociología y urbanismo, ideología, pensamiento crítico, y el enorme set de fotocopias sobre introducción a las Relaciones Internacionales, de repente me sentí irritada. Oh, claro que había dejado de esperar-como puedes haberte dado cuenta luego de desordenar y revolver todo el material que tengo que revisar.-puntualicé.


-¿Qué pasó? ¿Te enojaste?-me miró condescendiente-Si te pido una torta de manzana con nueces ¿Me perdonas?-ah, valiente redundancia que el susodicho concebía como dulces dádivas y sorpresas. “Has aprendido a ser considerado, impresionante, ¿Te aplaudo?” recité muros adentro mientras dirigía mi mirada resabiada por la estancia, alguien había intentando hacer un mal dibujo de la vía láctea con tizas blancas y moradas. Mi vestido era morado, y recordé así, sin saber porque, que la galaxia en la que habitaba, bueno habitábamos, él, los oficinistas, yo y otros siete billones de seres humanos, se desplazaba a dos millones de kilómetros por hora y de pronto, solté una carcajada.


-Que absurdo-murmuré y sorbí los últimos rezagos de té verde, estaba dulce-han pasado ocho años-agarré mis libros delicadamente, deslizándolos por mi mochila-he dejado de llorar cuando me insultas, de insistir cuando te equivocas, ni siquiera me gusta estar cerca de ti, a veces, me aterra-levanté la mirada y él tenía las manos apretadas, el corazón me latía en la garganta-no, ya no me gusta la torta de nueces con manzana, al infierno con eso de perdonarte. -El ruido rasposo de la silla atorada me resonó en el alma, caminé dando tropezones y chocando en el camino hacia la puerta con algunos camareros. 


Afuera del restaurante, las luces de los faroles se difuminaban carretera arriba, hora punta y los cláxones me reventaban los tímpanos, mi mochila pesaba, como seguramente le pesaba la piedra a Sísifo, solo que esta vez, pesaba menos. Tenía veintitrés años, comenzé a caminar firmemente, no eché la vista atrás ni una sola vez. Y la vía láctea siguió precipitándose hacia la constelación de Hidra. 


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(Ilustración realizada por Harumi Hironaka)

Sucede que un día tuve veintitrés y me encontraba divagando en la mirada perdida, que tenía sabor a vino y a bilis. Lo que había descubierto en el llanto de recién nacida adquiría un gusto parecido: agridulce.


Me mecía de izquierda a derecha, abrazada a un jean tiro alto mientras la cerámica fría y gris evocaba la redención a una culpa incierta y necia: movida por consignas dulces, escupidas en aura de pasado. Y la palabra “puta”, las marcas sobre el mentón, los ojos opacos y el forcejeo mudo se mezclaban en palabritas elaboradas en flores de papel periódico. El monstruo a contraluz me observaba escueto desde las rendijas claras fuera de la puerta del baño, había permanecido cerca-más cerca de lo que las promesas edulcoradas me permitieron tener en cuenta-durante nueve años.


Ah, es cierto, en nombre del amor “todo se puede”, la lealtad es estandarte de lo absoluto y las necesidades afectivas y egoístas adquieren consistencia dogmática. Ciega y estúpida la pretensión de excluir la duda, el error y el fracaso de tremenda intención-pleitesía-anhelo. Día a día, segundo a segundo había encontrado formas de morir y él-el monstruo-maneras de matarme.


Esa noche, en la botella vacía, con los labios desollados y los sollozos ahogados en nausea me di cuenta de que tenía veintitrés solo porque mis pupilas almendradas habían quemado la sombra de una niña de cerquillo irregular, soledad anunciada y cuerpo moreteado, que tenía tan solo cuatro.


Admito, probablemente, aquel enero once, su espíritu reposaba roto, pero la rabia le ardía en la boca y la determinación en las palmas abiertas:

Se acabó, para siempre, punto final.

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Las gotitas de rocío se pierden escurridizas por mis mejillas, besando suave mis hoyuelos de porcelana. Se pierden en mis clavículas las promesas ridículas; esas que nadie pudo cumplir. Las yemas de mis dedos suelen dibujar los caminos que mi cuerpo ha tejido; rumbo a la desolación, a la ausencia de perdón. Y lo celebro. Porque mis nanas de infancia han dado paso a discursos coherentes que acribillan relatos, algunos heredados.

Desde mi cabello caoba, necio como el firmamento que lo acoge, hasta mi cintura ondulada y terca. Mis consignas, tejidas en soledad durante once noches, son inamovibles. Han sido bendecidas en mi obstinación, en el sucedáneo de cordura que prima en las dinámicas de una razón traviesa, conflictiva.

Y en la danza frenética e intermitente del dolor entre los pliegues de mi piel, me he reconocido; y soy tan efímera ahora, como las despedidas que me marcaron. Espero tan poco; tanto como rechazaron, tan poco como ofrecieron, tan hosco, tan certero, como la ausencia de garantías y el fracaso.

Se amar tras las puertas que antes me condenaban al llanto y estoy tan dispuesta a dejar ir, irme, arrojar, arrojarme; como a respirar.

-Aunque sea en mi carcasa fría y ajena-

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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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