El rincón de lila

De omnibus dubitandum




(imagen obtenida del blog de hintofvanilla)

Tengo los ojos perdidos en la estantería, reposando sobre los libros, descartando relatos, a manos temblorosas y sonrisas ciegas; no sé decidirme y no hay consigna que me convenza. Llevo atravesada la memoria de lunas llenas, suspiros pequeñitos, y tus manos acariciando la curva que lleva hasta a mis caderas, en sexo y en calma también, porque en tu piel hay placer, pero también sosiego, pura incertidumbre. Estoy muda, soy torpe y tengo mucho miedo, pero créeme, te quiero.

 

(Moonlight lady, René Gruau)

No quiero tiempo de reflexión, estoy harta de jornadas interminables que finalizan en despedidas. En siempre sucumbir a las marchas anunciadas, tengo el reclamo infantil atravesado en la garganta y no sé cómo lidiar con mis muchos miedos del pasado. Me siento sola, a la mitad, insatisfecha, como cuando niña. Solo que ahora en mis pupilas ya no hay esperanza, arde en fuego la angustia y no sé como hacer constructiva la rabia, he aprendido a hacerme cenizas, hábito adquirido bajo las sombras del cerezo que nunca ha florecido y estoy tan rica, llena de luz de luna, tengo la voz dulce y las manos suaves; puedo dar y ser tanto, pero no sé cómo.

Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris
(Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris)

Hoy, tengo la mirada clara y las clavículas me tiemblan, he arrullado en ellas tantas penas, penas, sin certezas y estoy tan aterrada. Me reluce en la piel el anhelo de calma, la angustia, lo angustioso del porvenir. Me sugieren que seguir sufriendo es mi único destino, acierto y estoy tan desengañada, estoy tan harta de todo esto, me siento tan pequeña, novata, inútil, me persigue la idea de que nada ha cambiado;


Que seguiré estando tan sola como antaño, 

Que mi pelo crecerá siempre en primavera, 

Que me despedí para siempre en el enero de invierno,

Que no pararé de abrirme heridas en el cuerpo,

Que siempre tendré malos sueños,

Que siempre regresarán las pesadillas,

Que lloraré de rabia y contendré gritos de placer en mis pupilas ciegas y hundidas, 

Que estoy en un pozo, sin cuerda, 

el agua es helada, 

que han apagado la luz,


Y me desperezo escueta sobre las sábanas suaves de mi cama, con un manojo de lavanda en las manos y la sangre recorriéndome por el antebrazo, es tan extraña y suave esta calidez, 

Bosquejo de sol, casi parece que Andrómeda está lo suficientemente cerca, 

Que egoísta, que torpe, 

Me es prestada y hasta parece que me siento reacia a renunciar


Tanta muerte y tanto fracaso, para nada.


@ipadlydrawn  #illustration #dziewczynasołtysa #brunette #girl #art

El corazón me palpita lento; pero no me aflijo y tampoco entiendo, no sé si se puede amar lo que se desconoce y en ese sentido; yo soy solo desconocimiento.


Los brotes de polen en plena primavera me narran sobre nanas de calma y de cuna en las que tal vez, pude algún día, haberme arrullado; pero no hallo razón para dar en ello cabida a lo “verdadero”. No conozco de certezas y he descubierto que me aferro con rabia a la consigna “libertad”, me aburre pensar en sonatas eternas y en cuentos sin finales abiertos. 
No me he abierto la piel en noches blancas para tejer sobre ella melodías románticas de placebo hilarante: así que no doy pie al porvenir y no creo en las promesas. 


Deambulo en melancolía lobuna desde hace largo tiempo, no existe argumento, construcción o dádiva que me convenza de hacerme por (para) un otro y mis fogatas siguen quemando anhelos viejos, tan viejos como estériles. No negaré, tampoco; tengo mucho miedo, porque solo sé estar sola y decantarme por toda ruta que me lleve a lo lejos, a lo remoto, a la solución patética de vacío recurrente.


No me eximen estas conclusiones, de suavizar el tono de voz y sentirme a gusto en el calor prestado, de abrazar y acoger las vibraciones minuciosas de una piel suave; de besar despacio, de fruncir el ceño en medio de las intenciones conscientes de experimentar sobre (en) sexo, placer, deseo.
Me gusta contemplar las motitas de polvo sobre mis pestañas y hundirme en la calma torpe, en el descubrimiento constante de que no puedo adjudicar categoría o naturaleza a lo que siento o a mis demostraciones de afecto; ni me esperan, ni espero.


Y por eso, tal vez, solo tal vez, alcanzo a divagar e incluso hasta proponer que; el no saber es mi forma genuina de querer, sea lo que sea, que eso signifique, sea a dónde sea, que eso me lleve.
Evie-Cahir-16

Apostaría, me atrevería casi a asegurar, que este, de entre todos, es el primer escrito que realizo desde el desasosiego. Contemplando desde las luces fluorescentes mis vínculos con el mundo. Desde la indiferencia propia del dolor, de la incapacidad de hallar respuesta: que es más humana que nada y, tal vez, en nuestra corta experiencia generacional, más cierta que nunca, aunque sólo sea temporal.


Vivo a diario, perdida en una nebulosa de espacio, insertada en la nostalgia de un tiempo en el que la noción del mañana era ingenua y perezosa. No sé que sería de mi, sin el recuerdo recurrente de una puesta de sol y las rodillas empolvadas entre el tarareo de las cadenas oxidadas del columpio. Y Caigo, ingenua, en mi piel de veintitrés relatos; que se comienza a resquebrajar bajo la luz de noviembre, que, es todo lo que tengo para ser feliz: 


Mis ojos castaños, sinceros, mi pelo desordenado y la promesa sellada en mis labios: de que podía ser noble, valiente y volar en un dragón de escamas zafiro.


Y solo sé que ahora; estoy aquí, convencida de que mis preludios de cuentos fantásticos han hecho bien de perderse entre páginas de suposiciones existencialistas, reafirmadas bajo la premisa más aplastante: que el absoluto está muerto y que la vida, es solo sufrimiento. 


Me pregunto si a ojos de una noche blanca de verano de hace once años, me veré tan ridícula y patética como me lo figuro.


No sé como querer; porque no me enseñaron-como a todos-y entonces voy a tropezones conciliando mis anhelos de amor con mi tosquedad, torpeza y sobre todo, ignorancia. No sé qué tan bien me está saliendo. A veces, siento que desprecio profundamente todo lo que me une a un mundo que con los años, no ha hecho más que tatuarme consignas dolorosas en la piel. Que mi corazón no conoce otro sentir que la rabia que engendra la inconformidad de los sucesos imborrables. 


Y cuando las veo, a las personas, me pregunto si el cariño, el afecto, la ternura, el respeto que me inspiran tienen alguna carretera de salida...He aprendido tan bien sobre lo crueles e indiferentes que pueden llegar a ser; y me acerco desde el recelo y el convencimiento absoluto de que la herida es inevitable. Así que, decido ignorar a grandes rasgos el impulso inevitable de aferrarme a su calidez. Me alivia tanto, tantísimo pensar en la siguiente movida, en la ruta de emergencia, en lo inminente de la partida; en nuestra despedida.


Y así, parece que su belleza, tormento, su templaza y su injusticia, me pesan menos. Puedo jugar a desvalorizarlas, comprender su condescendencia muda, sus anhelos existenciales lanzados a un lienzo de acciones ciegas; su intento desvivido de subsistir a la angustia de lo inevitable; a las heridas proféticas; y en ello, en lo irremediable de su andar, estallan mis contradicciones. No somos en el fondo, tan diferentes: ahogados en nostalgia, miserables y condenados a repensarnos; en las limitaciones y niveles que correspondan. 


Si esa certeza pequeñita me mantiene en pie bajo un árbol de figuras deformadas a contraluz, entretenida, tratando de darle explicación simbólica a sus encajes y bordes…Entonces... ¿Por qué a veces siento que las quiero tan poco?



El viento sopla amable, mis hombros agradecen la caricia del sol, la calma reina mientras camino hacia la terraza de baldosas amarillas. La casa por la cual se deslizan mis pasos luce reconfortante, la sal y el jazmín trepan por los poros de mi piel y bailan entre mis cabellos. La puerta de madera cede, sin que tenga que insistir, el tacto áspero de mi cuaderno de bosquejos se desliza entre mis dedos, mientras una gota de sudor resbala por el lápiz de carboncillo.

La muchacha me mira, sus ojos almendrados resaltan frente al halo de luz verde agua que la contiene. Continúan siendo claros y hermosos como antaño, aunque lucen opacos me convencen de iniciar los trazos afinando las formas infantiles y redondas que antes los caracterizaban. Ni siquiera intentará convencerme, está harta de mentir. Hace tiempo que lo sé, que su brillo ha perecido como perecieron las estrellas que había nombrado y que una noche de invierno, sin previo aviso, como la vida misma, dejó de regar en su jardín.

El color naranja de sus mejillas no ha vuelto a florecer, ha perdido el amparo de la magia de las noches de verano. La luz que se arrullaba contenta en su tez tigreña se ha secado, se ha vuelto pálida, está cansada, se ha perdido en el camino tantas veces como lo indican sus cicatrices. La tonalidad gris del carboncillo lo anuncia con destreza; su llegada a la adultez.

Y sin embargo, en su cara redonda y de cachetes abundantes la observo atrapada, a la niña que se esconde en su semblante, se nota cuando sonríe, tan triste…no hay duda, la sigue extrañando. Mientras moldeo sus rizadas pestañas me parece escuchar su risa lejana, su carácter fuerte y su belleza malcarada. Ella, que me mira impasible no sabe abrirse, no puede confiar.

Su intransigencia ha comenzado a erguirse recta y fluida, ahogando las ondas de su cabello castaño claro, que ahora es tan negro como la caoba y tan denso como las sombras que tapan las puestas de sol en su corazón. Mis dedos se pasean en círculos sobre el papel mientras coloreo su traje de vestir…

Y sonrío con consciente nostalgia, la mujer que se ha sentado frente a mi hoy día para que logre retratarla se ha vestido con una camiseta verde oliva, donde el rostro gracioso de una jirafa se estampa haciendo conjunto con una falda jean y unas zapatillas de plataforma de espuma flex.


Como la última vez que nos encontramos en nuestras palabras amables; ella tenía nueve años y yo, yo tenía 23…

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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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