El rincón de lila

De omnibus dubitandum


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Todavía siento que la lluvia me quema en la piel y que mi aliento acelerado se pierde en la humedad de la noche. Cuento reproches con los dedos de las manos y me doy cuenta de que es inútil, que el regusto amargo de café negro sin azúcar es capaz de resumir lo innecesario del remordimiento. Mis anhelos de niña parecen no tener cabida en mis veintitrés años, he crecido y he cambiado. Cuanto ha dolido; no sé que milagro me ha permitido soportarlo.

Me refiero a ese dolor necio enredado en mis entrañas, a esa tristeza incontenible marcada a fuego en los trazos que definen las curvas tercas de mi cuerpo. A los sueños etéreos cobijados en premisas de placebo.

Que fracaso, pero que lejos, que bien se siente.

No quiero esas consignas si se resumen en vómitos puntuales sabor a vino, cuando el reloj marca las cuatro o las diez de la mañana. Si eso implica que debo ahogarme en llanto sobre las baldosas grises del baño o perder la mirada nublada en los trazos de la puerta de madera. No las necesito si me traen recuerdos de noches sin luna, me rehúso a mantenerlas si me conducen a escenarios en los que reina la desolación más absoluta.

Estoy muy lejos de ser perfecta; pero no lo merezco, nunca fue así. Los trazos de sal que me han dibujado los pómulos están muy lejos de encontrar razones. Así que, es hora de envolver toda su negligencia y errores en papel de regalo color escarlata, dejar que lo devoren roedores en chasquidos de puro sin sentido.

Yo me desentiendo, me despido, y;

Pueden-deben- arder esos retazos de papel y sus relatos escritos en hiel, en lo más profundo del infierno, junto con mis buenas intenciones, mis memorias anhelantes, todos mis intentos, junto a mis sueños de pelada necia, terca y demandante.


    
                                        
No sabría encontrar un momento específico; tampoco un lugar concreto o una mirada llena de juicio que indique el inicio. En realidad, mi historia, es como tantas otras, solo un reflejo de lo que, a pulso, la humanidad ha trazado con sangre en las estrellas. Conservo en ello el recuerdo de lo frágil, de lo bello, también de lo necio. Y no poseo reminiscencia, como si un destello hubiera borrado todo rastro, del instante en el que mi esencia comenzó a corromperse.

Es cierto que crecí tambaleándome entre la negligencia y el dolor ajeno. También es cierto que el amor que me dieron se sostenía bajo mil maldiciones, aunque era noble, aunque era puro en sus intenciones. Que las sombras comenzaron a marcar mi cuerpo y a escribirme sentencias en la piel sin que pudiera darme cuenta, impregnando de vacío mis pupilas de almendra. Que aprendí a callar mientras lloraba en una habitación oscura, donde me abandonaron bajo llave ante la mirada de un monstruo que aun me persigue. Que no he olvidado la miseria; que cuando no estoy despierta aparece en pesadillas.

Suelo preguntarme a veces, cuando los cristales de mi balcón golpean fuertemente y los otoños empiezan a sumar primaveras desde la número veinte, si las cicatrices habrán conciliado en algo los reproches, si la nicotina permitirá arrullar mis ansiedades en nanas de infancia… Si habré sido cobarde, si hubiera podido dar mucho más, si pudo haber sido mucho mejor. Si pude haber evitado que mi vida se me escapara de entre los dedos y que la soledad me la arrebatara…

La frialdad de los momentos rotos se ha erguido como una bestia en mi consciencia y mis arterias se han dibujado en porcelana. Observo al otro desde la distancia, con recelo, amor y anhelo. Desde el remordimiento y el perdón; pero tengo miedo. En el fondo, muy en el fondo, allí donde las heridas abiertas arden como el infierno, subyace el vicio de asumirme miserable:
La niña que no sabe cómo ser lo suficientemente buena, ni encajar, que no puede aceptar el afecto porque le resulta extraño. La que ha aprendido a caminar sosteniendo cada una de sus piezas deshojadas en medio de la tormenta.

Entonces ella, se sienta noche tras noche a tejer mentiras; “tengo que ser perfecta y reconocida, tengo que cruzar los puentes que me han dibujado, tengo que elevarme según sus premisas, aunque las desprecie”. Y como es de temerse, su telar se desdibuja en los llantos puntuales, en las hojas en blanco, en los sueños descartados, en la angustia, en la ausencia, en el recuerdo de unas manos amables y ásperas, que amaron tanto como destruyeron.
Y en la sobriedad de las certezas, he comenzado a cuestionarme. “¿Qué tanto he hecho por mí? Y ¿Qué tanto he hecho por ella?” “¿De qué me ha servido tanto encierro si he sido incapaz de iluminar mis huellas?”

Estoy harta, cansada, enojada, dispuesta a lanzarme a la hoguera si se requiere. Quiero incinerar una a una las rejas de la jaula que no me deja volar; no quiero, no obstante, precipitarme al vacío desde mi terquedad, desde mi obstinación, desde mi arrogancia.

Supongo que después de todo, este es el manifiesto de mi propia revolución.

Voy a transformarme, reconstruirme, a salvarme, desde mi razón. Desde el amor en el que subyace lo único que este mundo no logra arrebatarme: la valentía de mirar de frente a la injusticia y gritarle, desde la rabia, desde el conocimiento, desde la rebeldía.








Caminar anonada mirando el paso de cebra cubierto por una neblina espumosa y leve. Contemplar en un manto oscuro y profundo la luz en el centro de la circunferencia rodeada de ramas retorcidas y arrogantes. Sentirlo…El frío recorrer la garganta y condensarse en susurros que desbordaban mi mirada:

El temor a no ser lo suficientemente buena,

La certeza de los juicios ciegos,

El acecho de recuerdos angustiosos en las esquinas oscuras de las ventanas empañadas,

Y, en todo ello, la voluntad elevándose furiosa en mi piel,

Los amaneceres a las cinco en punto de la mañana,

El calor remolón; los golpes del viento y el graznido de los cuervos,

Los “French Vanilla Coffee” y mis ojos de niña tanteando las letras escondidas en la filosofía,

El helado de maple, las luces parpadeantes en Queen Street,

El musical de Anna de Las tejas verdes reflejado en las esculturas de hielo,

La seguridad y la ausencia del dolor,

Las puestas de sol y las estrellas dibujadas en el firmamento,

Y en el corazón…en el corazón los trazos de una vida robada que empieza a experimentarse con rabia;

Cuanto daría por prolongarlo, por volver….






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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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