El rincón de lila

De omnibus dubitandum

     

                                                                                                               (Ilustración realizada por 애뽈)

    Hoy es uno de esos días en los que no puedo pensar claramente, no he dormido, por eso mismo, debo escribir. He tenido mucho trabajo, me duele lo que tiene que dolerme, por cuanto haga falta, y la vida se me ha venido encima. Es este un escenario de los difíciles y he llorado bastante seguido estas madrugadas, la conclusión a la que me ha conducido el insomnio, sin embargo, es cuanto menos cálida, resisto tanto a creer lo que mis ojos no han visto, ni mi piel ha experimentado, que no voy, no puedo negar; me resulta extraño. He recorrido 365 días y he descubierto en mi mirada a una niña muerta de miedo, pero con ojos de luz, sonrisa escueta y piel abierta, esperando a ser tocada. Tomé una decisión difícil, difícil porque ni aun embelesada puedo ceder frente a lo otro, lo desconocido, lo irremediablemente doloroso, doloroso, dolor, mi vida ha estado tan llena de esto y apenas dimensiono; tu calidez ha sido un hilo de Ariadna.


Si, nuestra cercanía se traduce en convenciones asociadas a lo socialmente construido y aceptado como afectividad, para ser más concretos, afectividad sentimental, pero esta dimensión es apenas una pequeña pieza del repostero. Confieso que cuando estoy contigo mi piel vibra suavecita y tu espalda se siente en tacto de nube, calor de chimenea en los meses de navidad, de invierno. Me es fácil cerrar los ojos y anhelo siempre acariciarte, no pienso demasiado sobre estos impulsos, pero, sé, me alcanza para saber, que no me brotan de la nada, que hay en ellos una suerte de deseo consciente que trasciende la excitación torpe de los primeros días, días en los que no quería mirarte demasiado tiempo, por miedo a que notaras toda mi curiosidad e intriga.


 Llegaste despacio y con cuidado, siempre preguntando, un paso adelante de mi tosquedad, directo, breve, estructurado, estructuradísimo, pero tan paciente, amable y fuerte. Se sentía todo tan sencillo, en su puesto, en espacio propio... solo pude sentarme a tu lado y resignarme a querer estar cada día un poquito más cerca. Que bien se sintió tu tacto siempre, de verdad, nunca hubo miedo, supongo que esa debería ser la regla, no en mi vida por lo menos, tristemente. Tus dedos podían deslizarse por mi cabello, muñecas, espalda...recrearse en los pliegues de mi blusa, trazar el camino hacia mis pechos, darme tranquilidad, generar deseo, sugerir, avivar pura libertad. Por supuesto, a veces no sabía cómo ubicar las emociones y me quedaba extrañada observando tus facciones a contraluz. Más allá de lo físico, está el placer, que siempre me ha generado innumerables problemas, más allá del placer, está la confianza y luego, la calma. En mi método de observación científica, me ofreciste un resultado atípico y comencé a evaluar la veracidad de los epistemas. Volví al pupitre y no lo he abandonado.


Pero es que, no sólo he aprendido sobre los afectos, el acompañarse en pareja y todas sus implicaciones químicas. He aprendido, por causa natural, no porque haya motivos divinos, o en su defecto heliocéntricos, sobre la posibilidad de tomar decisiones diferentes, de vivir diferente. Amanecer en silencio y contemplar los átomos vacíos en color primavera. Y tal vez, tal vez por ahí está la respuesta, que no hay solo violencia, y que vale la pena tener fe y ser valiente, sobre todo, que puedo, que puedo permitirme tener fe y ser valiente...


Que lo merezco.





(imagen obtenida del blog de hintofvanilla)

Tengo los ojos perdidos en la estantería, reposando sobre los libros, descartando relatos, a manos temblorosas y sonrisas ciegas; no sé decidirme y no hay consigna que me convenza. Llevo atravesada la memoria de lunas llenas, suspiros pequeñitos, y tus manos acariciando la curva que lleva hasta a mis caderas, en sexo y en calma también, porque en tu piel hay placer, pero también sosiego, pura incertidumbre. Estoy muda, soy torpe y tengo mucho miedo, pero créeme, te quiero.



El ruido del tren se escuchaba en un eco distante. Las estrellas aquella noche se habían alineado, prediciendo un singular destino. La luna taciturna e indiferente se reflejaba en los cristales de aquel gran ventanal. Apostado en la séptima avenida de aquel pequeño pueblo. El llanto que rasgó la noche, heló la sangre del oráculo.

Los ojos azules que pronto se tornaron pálidos y grisáceos se cerraron complacidos en un suspiro de alivio. El ser que rebosaba la vida que había robado de su progenitora, miraba inquieta el nuevo escenario del que sería protagonista.

Un hombre lleno de polvo, con un corazón podrido por el óxido, lloraba desconsolado a la luz del candil. Aferrándose a una pequeña mano, que contra todo pronóstico, sería capaz de quebrantar siglos de cadenas.

María Candela observaba con sus impasibles lagunas azules la ejecución de todo cuanto amaba de un mundo, que a pesar de ser lúgubre le ofreció todo el calor que en vida, la frívola corte fue incapaz de concederle.

Aquella noche, cuando el poblado minero fue incinerado hasta los cimientos, cuando fue arrastrada en contra de todos sus infantiles deseos, se consagró a sí misma como hija del dolor, del rencor, de una inminente venganza.

Su nueva madre, pronto se cansó de susurrarle canciones de cuna. María Candela formaba parte de una infinita colección de muñecas de porcelana que se abarrotaban en las vitrinas de aristócratas y nobles. 

Entre gritos desgarradores, entre un fuego invisible que abrasaba su piel, se deshizo noche a noche entre sábanas y pesadillas.

Aquel mundo superficial, marcado por el poder y la intriga le enseñó trascendentes lecciones. Entre ellas, la conveniencia de la traición en un mundo de traidores.

Doce años después bajo el augurio primaveral de una noche de Marzo, María Candela tiznó su rostro con ceniza de carbón. Recorrió lentamente, paso a paso las habitaciones de aquella abandonada mansión.

Toda la fortuna, sus padres adoptivos, la corte, aquel mundo gótico que pretendía conocérselas todas ya no existía. Aquella noche se vio a sí misma como una pequeña niña. Contempló desde algún lugar de su lúgubre corazón, el júbilo.

Cuál palacio de cristal, cual civilización de papel, las mansiones vacías ardieron hasta el amanecer.
Cuando un grupo de mensajeros reales llegó,  un verde campo se extendía a sus pies. No había ceniza, ni un amago de fuego.  Alertados por carcajadas sinceras descendieron hasta el centro del antiguo pueblo.

No hubo mayor descubrimiento, tan solo una pequeña niña de ojos azules riendo inocentemente al viento.

Lilalvsherworld

Lilalvsherworld
Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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