El rincón de lila

De omnibus dubitandum


(Ilustración realizada por Kelogsloop)

Es de tarde, ciertamente de tarde, la luz suave se filtra por mi ventana y se dispersa en las paredes blancas, es siempre, es solo, mi cosa favorita del hogar, hecho en cuatro paredes, desordenado, tan vacío y tan solitario, propio, en síntesis, mío, después de todo. El calor es sublime y mi habitación acogedora, tan acogedora que es ajena a lo efímero, me da igual haber perdido o amado y esos recuerdos, felices o ingratos. Cuando uno aprende a ser libre, rara vez, hay vuelta atrás. Me descubro a veces tan egoísta, sufrida, y viva, tan viva...tan perceptible en consigna, con tantas ganas de experimentarme en carne, en prosa, destituida de la convención, y lejos, siempre lejos, como ejemplifica mi condena de infancia, pero sin tanto dolor, sustituida la necesidad, al vaivén de la única raíz que me sostiene, y aunque es casi que un paraíso entregado en bandeja de plata, se siente tan amargo. El desasosiego, la resignación, el aprender a evadirse de la maldad y sobre todo de la estupidez. Tengo veinticinco años y he aprendido pronto a estar sola. 


En soledad, a veces, me pisa los talones la culpa, esa que regresa en palabras mal estructuradas, dispersas y danzantes en la ignorancia hacia la tradición, en la majestuosidad del error y las concesiones de la mentira: Que es mi culpa, que debo querer según el decálogo, comportarme en ruta de la moral del amor ciego, abnegado, perdonar, distraerme, conformarme con la lujuria, ni siquiera de lo cotidiano, de lo mal ensayado y resistir, resistir los afectos nauseabundos, las sonrisas cálidas y los insultos soslayados en los dientes de cristal y el deseo ajeno en imposición. Poseída y negada a ser. Por suerte, es culpa, tan solo culpa, aunque legado, desdibujada, naúfraga de la venganza involuntaria y sobre todo, de mi partida, a esta última, sí que podemos referirnos con justicia.


Frente al espejo, con mis ojos rectos y estructurados, resultante del estado de confusión, en ocasiones, me admito la necesidad de celebrarlo: eso del reproche, eso de mi premiada indiferencia, mi terquedad, mi furia-toda mi furia-la histeria, la herida. La acusación de no ser la mujer buena, la conveniente, la necesaria, la inacabada, la que no entra en el molde de lo adorable o siquiera, respetable, bajo consigna cristiana, cruel y desagradecida, torpe, tan torpe, con la lengua enredada incapaz de repetir el dictamen del libreto y sentirse feliz de enamorarse en tres días y dejar como derivado, cerca de seis muertos. Ni soy suficiente, ni soy Julieta, y tu, constituido en Romeo, francamente, puedes irte al infierno. 


El sol es casi traslúcido y me filtra la piel desnuda, cicatrizada, sonrío, y llega la carcajada en hiel, las brujas no siempre arden en las hogueras. Y, después de todo... ¿A quién le importan los finales felices? Las victorias agridulces bastan y sobran, aunque estén, aparentemente, tan infravaloradas.





(imagen obtenida del blog de hintofvanilla)

Tengo los ojos perdidos en la estantería, reposando sobre los libros, descartando relatos, a manos temblorosas y sonrisas ciegas; no sé decidirme y no hay consigna que me convenza. Llevo atravesada la memoria de lunas llenas, suspiros pequeñitos, y tus manos acariciando la curva que lleva hasta a mis caderas, en sexo y en calma también, porque en tu piel hay placer, pero también sosiego, pura incertidumbre. Estoy muda, soy torpe y tengo mucho miedo, pero créeme, te quiero.

 

(Moonlight lady, René Gruau)

No quiero tiempo de reflexión, estoy harta de jornadas interminables que finalizan en despedidas. En siempre sucumbir a las marchas anunciadas, tengo el reclamo infantil atravesado en la garganta y no sé cómo lidiar con mis muchos miedos del pasado. Me siento sola, a la mitad, insatisfecha, como cuando niña. Solo que ahora en mis pupilas ya no hay esperanza, arde en fuego la angustia y no sé como hacer constructiva la rabia, he aprendido a hacerme cenizas, hábito adquirido bajo las sombras del cerezo que nunca ha florecido y estoy tan rica, llena de luz de luna, tengo la voz dulce y las manos suaves; puedo dar y ser tanto, pero no sé cómo.

(El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli; flores detalladas)


Once lunas, y once transmigraciones auspiciadas por los vaivenes comunes, tan típicos y usuales en las rutas que entretejen el fluir de mi existencia. Tal vez, Minerva se ha compadecido lo necesario de mí y he aprendido a temerle con suficiente insistencia a las pasiones que se regocijan en los espacios mudos de mis clavículas; donde reside Dionisos y en donde se recrean mis impulsos inevitables, mis errores, la vida y su espacio destinado al tormento y la felicidad. He dedicado todos mis esfuerzos en piel, carne y huesos crudos a lidiar con el vacío que se extiende hondo desde mis pupilas hasta el pecho, he mirado sin titubear muchas veces los ojos cristalinos de Tánatos y aunque he sufrido enormemente, no logro deshacerme de mi esencia venusiana, he aprendido a habitar en los silencios, en los trazos redondeados de las letras que se plasman en mis cuadernos, en las constelaciones del sur que son fuego y verano, en los ojos color ámbar, en las promesas de mejores mañanas, en donde para variar, no hay otros, ni nadies, en la inminente colisión entre Andrómeda y la Vía Láctea, en la emoción de aprender y en el delirio de que volveré, y si no, en el de que al menos, aún queda algo de mi, que no es demasiado tarde, que no me dejaré ser solo a medias.

Engendrada por caos, remitida a su simbolismo mitológico, que es origen de todo universo, no voy a permanecer eterna bajo la mirada severa de Marte, que más dará cuanto pierda, me pierda.

Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris
(Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris)

Hoy, tengo la mirada clara y las clavículas me tiemblan, he arrullado en ellas tantas penas, penas, sin certezas y estoy tan aterrada. Me reluce en la piel el anhelo de calma, la angustia, lo angustioso del porvenir. Me sugieren que seguir sufriendo es mi único destino, acierto y estoy tan desengañada, estoy tan harta de todo esto, me siento tan pequeña, novata, inútil, me persigue la idea de que nada ha cambiado;


Que seguiré estando tan sola como antaño, 

Que mi pelo crecerá siempre en primavera, 

Que me despedí para siempre en el enero de invierno,

Que no pararé de abrirme heridas en el cuerpo,

Que siempre tendré malos sueños,

Que siempre regresarán las pesadillas,

Que lloraré de rabia y contendré gritos de placer en mis pupilas ciegas y hundidas, 

Que estoy en un pozo, sin cuerda, 

el agua es helada, 

que han apagado la luz,


Y me desperezo escueta sobre las sábanas suaves de mi cama, con un manojo de lavanda en las manos y la sangre recorriéndome por el antebrazo, es tan extraña y suave esta calidez, 

Bosquejo de sol, casi parece que Andrómeda está lo suficientemente cerca, 

Que egoísta, que torpe, 

Me es prestada y hasta parece que me siento reacia a renunciar


Tanta muerte y tanto fracaso, para nada.




Extremidades acalambradas y sol en tauro, soy una piedra bruta, orgánica. Francamente, ¿Qué más da? “Muéranse” sintetizo cabreada, porque todo lo que quiero es dejar de respirar, sentir, divagar. No sé cómo desarmar mis defensas, dejar de relamerme los labios en puro veneno, sigue atardeciendo como la primera vez que intenté suicidarme. Y mis huesos pequeños, desgastados se dibujan en hiel. Me abrazo despacio, el mármol me engulle en espiral, vomito saliva en medio de las contracciones furiosas de llanto.

El techo es blanco y el pecho me pesa menos.


Han pasado veinte años, y sigo sufriendo.



Relatos cortos de sexo en mundos paralelos con los personajes de el a… #fanfic # Fanfic # amreading # books # wattpad


Tengo las pupilas dilatadas en cobre, es de noche y mientras bailo despierta entre la cima de libros recostada en mi velador, me doy cuenta: de que han pasado cinco años, de que poco me reconozco.

He dejado de tejer mentiras en mi largo cabello y he perdido todas las certezas embaladas en nana de cuna. No vivo ya en un cuarto pequeño arrendado en Urdesa Central y hace mucho de la primera noche en la que entoné “canción para mi muerte” de Suis Generis al vaivén de un vaso de aguardiente puro. Ha pasado la carrera, y también, mi último intento de suicidio.

Empiezo a comprender que he crecido, ganado, más de lo que esperaba, y que, por lo tanto, también voy a perder demasiado: esa chispa, pequeñita de euforia,consignas críticas y fracasos ácidos; en esta ciudad de injusticias he contemplado mi relato familiar y la subversión de mi carácter, he llegado hasta el ocaso de los ídolos y la verdad, poco me hará sentirme alguna vez tan valiente y también, tan feliz.

Durante setecientos días he realizado un ejercicio constante de mea culpa y me he reconocido en todo lo decadente, vulnerable;


Voy a extrañar el sol asfixiante, las luces desperdigadas en la escultura de Juan del Pueblo, mi paseo por la vereda de la Universidad de las Artes, los cigarrillos cereza sabor brea, a contraluz, perdidos en la melodía de las discotecas de las Peñas. Mi rabia proyectada en pancartas de cartón y reclamos infantiles enardecidos.

La tranquilidad de la vista del Riocentro Norte desde el departamento de mi mejor amiga, Hector Lavoe entonando mi trayecto en la línea cuarenta y dos luego de mis sesiones de psicoterapia, el haberte encontrado y tus caricias suaves en noviembre veintidós. 



Nací un 4 de mayo del año 96, llegué al mundo sin quererlo, por cesárea, con tres vueltas del cordón umbilical aferradas a mi cuello y la postura torcida. De los labios de mi mamita siempre brota la narración de este acontecimiento con ternura; aunque, ciertamente yo lo pongo en tela de duda:


Mis progenitores estaban en sus veintes, en un país destinado a la quiebra, eran personajes inconscientes danzado en las pautas de un relato incomprendido; pero tan doloroso como el infierno. 


Y en tanto; mientras Gabriel de veintidós años conseguía pagar  la clínica empeñando el televisor de su padre alcohólico-que le había robado el dinero destinado a las atenciones médicas de mi nacimiento- se instauraron par certezas; que mi signo solar estaba en tauro y que me regía venus.


Si el amor ha regido mi vida; no sé en qué extrañas transfiguraciones ha logrado hacerlo;


En la inmigración de las golondrinas un diciembre del año noventa y ocho, o en la llegada de los cuervos durante la primavera del noventa y nueve. Yo solo tenía cuatro años y ya comenzaba a aprender sobre monstruos y abandonos. Francamente no sé, tal vez hay lujos, que les están relegados a los hijos de la clase obrera; sobre todo, si se desprende uno de la placenta en la determinación social del deber ser mujer; orillada al nunca ser.


Así que muda y maniatada los ojos solían brillarme en la abstracción de la huida, llevo anhelando escapar desde antes de aprender a articular sólidamente mis pensamientos; mis palabras se han perdido en el viento y mi refugio se sigue resumiendo en la llegada del verano, en animes de los noventa doblados al catalán, en la indefensión silenciosa de la soledad, siempre a las cuatro de la tarde, en la suspensión de un tiempo, cual paréntesis en ad infinitum. Dibujé muy valiente mis aventuras, mis pinitos de amistad, las promesas de amor propio y pensé siempre, que un mañana diferente era posible.


Resguardé mi afecto infantil con terquedad e ilusión, me trabé entre esos recuerdos infelices, desperté mi erotismo en pétalos de egoísmo y sequé mis ramitos de lavanda al sol: he llorado, sufrido tanto, y es que siempre, siempre es hoy.
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Tres tazas de languidez y la mirada tersa; soy chiquita, atrapada en el tiempo, en el ir y venir de las motas de los dientes de león. 
No sé como desesperezarme la inseguridad; tengo las mejillas teñidas de carmín, la mirada rota, perdida y las manos encogidas.
La vida sigue teniendo las dimensiones de un excusado de secundaria; el alma se tuesta olor a eucalipto podrido, siempre puntual; a las 12 y 45 de la tardemañana y yo;


Sigo sin encontrar camino a la redención.
pencilborn



Tengo la mirada prendida en fuego y el corazón me late estimulado por la rabia; a veces creo que este mundo no me ha dejado más salidas que el reconocerla como la única emoción válida, verdadera. Debo reconocer no sin que las palabras se me traben torpes en la lengua, que parece haberme recorrido el cuerpo, no ha dejado esquina sin rastreo. 

Ha endurecido el color de mi mirada; y... ¿De qué debo tener miedo? También me ha llenado de desprecio, silencioso, frustrado. Me mantiene recitando en mañanas húmedas el relato de memoria; mi vida es el escenario donde ha repartido los roles precisos; mezclándose contradictorios en las certezas agridulces que ofrece en bandeja de plata el privilegio.

Estoy harta de que mi presencia etérea chasquee dulce entre discursos ajenos. Resisto y me rebelo porque son las únicas oportunidades de subsistencia a las que he podido aferrarme en medio de un naufragio de miseria. Y si me niego, si rehúso, si mi mal carácter me sostiene viva en un vaivén de maldiciones heredadas es solo porque me niego a dar el brazo a torcer.

Prefiero morirme a ceder una milésima de mi libertad quebrada, poco me importa si el orgullo me empeña a cinco centavos, o si lo efímero e insignificante de mi transitar resume consignas revolucionarias en un tiro en la nuca. Vivo dispuesta a perderlo todo, porque todo me lo han arrebatado, incluso el derecho a obtener justicia o reparación.

Pueden joderse y hundirse en condescendencia tanto como lo deseen, que los perdone dios-ya que les resulta tan conveniente-yo no pienso hacerlo.








Caminar anonada mirando el paso de cebra cubierto por una neblina espumosa y leve. Contemplar en un manto oscuro y profundo la luz en el centro de la circunferencia rodeada de ramas retorcidas y arrogantes. Sentirlo…El frío recorrer la garganta y condensarse en susurros que desbordaban mi mirada:

El temor a no ser lo suficientemente buena,

La certeza de los juicios ciegos,

El acecho de recuerdos angustiosos en las esquinas oscuras de las ventanas empañadas,

Y, en todo ello, la voluntad elevándose furiosa en mi piel,

Los amaneceres a las cinco en punto de la mañana,

El calor remolón; los golpes del viento y el graznido de los cuervos,

Los “French Vanilla Coffee” y mis ojos de niña tanteando las letras escondidas en la filosofía,

El helado de maple, las luces parpadeantes en Queen Street,

El musical de Anna de Las tejas verdes reflejado en las esculturas de hielo,

La seguridad y la ausencia del dolor,

Las puestas de sol y las estrellas dibujadas en el firmamento,

Y en el corazón…en el corazón los trazos de una vida robada que empieza a experimentarse con rabia;

Cuanto daría por prolongarlo, por volver….








En el frío del bosque y en su soledad, se debe ocultar aquel corazón que un día abandoné.

Recuerdo los ojos de aquella muchacha, que estaban llenos de luz de luna, que podían descifrar palabras sin haberlas siquiera escuchado. Era pequeña y caminaba siempre descalza, al son del viento. Vivía etérea, como si nadie nunca pudiera hacerle daño.

En medio de los frondosos arboles siempre, una hora antes del atardecer, se sentaba a tararear canciones de cuna, como queriendo dormir a las estrellas. Desesperada, tratando de evitar que la oscuridad de la noche engullera el día, que descendiera hasta devorar sus pasos y borrara el camino de vuelta a casa.

La niña que tenía ojos tan intensos como el cobre solía llorar en silencio mientras escuchaba los aullidos de un lince. Se abrazaba desesperada, intentando siquiera evitar el infinito vacío que se ahondaba en su pecho. La soledad besaba sus mejillas dejando rezagos de calidez que solían acompañarla hasta el amanecer.

Y ella, que comprendía que hay condenas imprescriptibles aceptaba la protección de ese bosque milenario. Y yo, yo que la hecho tanto de menos, me muerdo los labios hasta desollarlos de rabia, porque soy incapaz de traerla de vuelta, de ofrecerle unos brazos donde pueda sentirse a salvo. Y yo, que sé que soy incapaz de protegerla, me resigno, aceptando este designio caprichoso que parecer habernos separado para siempre y sin remedio.



La noche llega y las sombras poco a poco comienzan a comerle el corazón, la muchacha tararea una canción cerca de su ventana, las lagrimas comienzan a rodar por sus mejillas y resignada suspira. ¿Cuándo llegará el final? Las estrellas en el firmamento le responden a coro "no hay final"  y la niña siente como lentamente las sombras destripan su corazón, los recuerdos son fieras de colmillos y garras fuertes. La luz de la luna ilumina la curva de su espalda, en ella los planetas de alinean verticalmente, aveces el destino suele estar implícito en las cosas más básicas y sencillas, no hay peor maldición que aquella que se perpetra en la cuna. 

La puerta se abre lentamente y la penumbra se adentra en la oscuridad, entra una mujer esbelta y pálida, pálida como la porcelana, los cabellos negros le llegan a media espalda, viste de blanco y sus ojos son plata, color de luna. La niña la mira y sonríe, echándose a sus brazos sin dudar, su pecho es gélido, pero tan reconfortante...la cajita de la bailarina comienza a sonar, y la mujer la arrulla en sus brazos, mientras la niña frágil e ingenua se deshace en sollozos.

Los planetas que se reflejan en su espalda comienzan a quemar, y una línea roja se desliza desde su nuca hasta la cintura, dios, es tan doloroso como placentero,la mujer de ojos de luna acaricia sus brazos, contando cicatrices incontables y reprimiendo el llanto en la garganta, "cuanto tormento". Las tormentosas palabras, los incontables "adioses" el principio y el final. Y la daga que le ha clavado en la nuca resbala de su manos, los sollozos de la niña cesan y su respiración entrecortada se acompasa. La paz se refleja en su rostro y la muñeca de porcelana que estaba en la estantería se rompe en mil pedazos.

La nana continua y las estrellas entonan los coros mientras la dulce niña se desangra en la alfombra tapizada. Las decisiones inquebrantables se conciben también desde la cuna, justo como las funestas maldiciones...

Plasmando desvaríos a las tantas de la madrugada, como era costumbre y como pueden ver sigue siendo, desde antaño, cuando apenas llevaba recorrido un cuarto del camino de esto que llamamos vida. Últimamente hablo poco de mí, he dejado las palabras concretas y escribo solo para confesar todo aquello que me niego cuando es de día y los sentimientos importan poco. He llegado a las dos décadas solo para darme realmente cuenta de que vivo en un mundo de fieras, algunas heridas, rezagadas y otras en plena forma, pero fieras al fin de cuentas. 

Lo curioso de todo esto amigos, es que parece no sorprenderme, aveces creo que tenemos la capacidad de leer el destino en cada rostro congestionado y en cada simple despedida, pero nos negamos a ello, por recato, o por miedo, quien sabe. Sólo sé que últimamente las paredes de concreto me parecen un insulto a la razón y que de tantas miradas y frases inacabadas he comenzado a sentir el tiempo devorándome lentamente el ser. Eso, me ha hecho replantearme, mentiras piadosas a parte, el sentido de deambular por caminos grises y sombríos, tiñéndolos a pinceladas de rosa, como una soberana idiota. Y mi reflejo en espejo solo alcanza a repetirme sin tapujos que Las decisiones me son esquivas y que yo ya no entiendo que hacer conmigo, ni con mi vida.

El limbo, que bonita palabra, basta para describir mi situación actual desde principios de año. Como me come la espera el ceso y que tan harta estoy de ello. Llevo actuando, midiendo cada simple paso, me figuro en una amplia terraza, observando la noche oscura, esperando un amanecer que nunca llega. Acabo de darme cuenta,  la mayoría del tiempo vivimos en busca de respuestas que nunca aparecen, tocando puertas que nunca se abren, pues son de metal y la cerradura está más que oxidada.  Creo, que no hace falta traducir mis palabras a un concreto estado de animo, estoy en una etapa profundamente existencialista, en dónde todas mis certezas se han ido derrumbando.

Que poco sentido tiene todo, mientras más crezco y más vivo, menos comprendo.


Aquella mañana amaneció el cielo triste, pero los pajaritos cantaban alegres en el marco de mi ventana, entonaban hermosas melodías a modo de darme la bienvenida. Las sabanas de mi cama olían a lavanda, no había brazos cálidos ni miradas anhelantes, pero no me sentía sola, por primera vez en mucho...no me sentía sola. Miré con certero detenimiento mi antebrazo, recorriéndolo con tacto, no había siquiera cicatrices, no quedaba si quiera una.

" ¿Y Qué mas da que el tiempo vuele? ¿Y que más da que las alas se quiebren?"

Tranquila, como desde hacia una década no podía, descendí de la cama, me dirigí ensimismada a la ventana, era la segunda vez...y abrí la ventana deslizando mi mano al frío tacto de los copos de nieve. Mire el amplio jardín, cubierto de blanco, esperando por mí. La casa estaba sola, como antaño, tan sola, pero tan mía, como siempre. Y las escaleras de mármol sumaban veintiuno y descendí alegre, en el sofá estaba esperándome una muchacha de cabellos azabaches y ojos de malta. Yo también la esperaba, desde antes de nacer.

"El tiempo pasa"- susurra al verme
"Lo sé Lana, pero las apariencias engañan"-contesto entusiasta

El césped es cálido aunque el hielo lo atraviesa de extremo a extremo, nos sentamos bajo un gran cerezo y observamos como  el pasillo de sakura se extiende hacia la primavera, indomable ante la tormenta de nieve, y entonces en el centro de la tierra comenzamos a cavar. El pasado es un monstruo remolón, duerme bajo las raíces de las esperanzas, absurdas y esquivas.

"El tigre albino ruge"-me advierte Lana
"Y el Fénix canta"-replico en mi escasa certeza

La pala choca contra la caja de hierro y paro, con el corazón latiéndome a mil, solo existe algo más poderoso y despiadado que la muerte; el tiempo, y como era de esperarse poco están preparados los adultos que nunca crecen para enfrentarlo. Abro la cajita con manos temblorosas, y al hacerlo una dulce melodía me envuelve, algo se quiebra dentro de mí, es una suave nana.

"Hasta el fin o nada"- tararea Lana, mientras saca de la esquina de la caja una piedra de jade.
"Hasta siempre, ha sido un doloroso, pero placentero rencuentro."-susurro decidida


Tomó la piedra con cuidado y abro los ojos de par en par, la vida en una de sus útiles lecciones me enseñó que nada sirve cerrarlos ante el dolor, la tersa piel, comienza a abrirse bajo el trazo de la piedra, tengo cuidado de tocar los puntos válidos y observo como el hilo de sangre desciende desde el antebrazo a la muñeca, la nieve bajo mis pies se tiñe de rojo.

"Ha llegado la hora, pequeña, hoy no hay vuelta atrás, si pensamientos misericordiosos."

 Lana besa mi frente y se despide, rumbo al caserón de mi infancia, la observo de reojo y continuo mi camino. El sendero de cerezos es cada vez más vívido. Mis pasos son cada vez más firmes, y un cálido viento me acaricia el rostro, donde corren lágrimas de alivio y alegría. La melodía triste de la cajita se pierde en el camino y todo...todo lo que me parece oír en la lejanía es el suave tacto del agua caliente de la bañera, un llanto ahogado que llega tarde, como todos, como todo lo demás. 

"Hasta nunca."


Erase una vez una niña que creció entre monstruos...

Recuerdo en mi más tierna infancia los gritos atascados en la garganta, las pupilas dilatadas del horror, el pelo pegado al cuello del sudor, los nervios estallando en mi cabeza, martilleando todo mi ser.

Uno, dos y tres…en las rendijas de la caña húmeda por la lluvia se hallaban cientos de ojos, grandes ojos, amarillos, azules, verdes y rojos. Parpadean, hablan, las paredes de la habitación parecen hacerse cada vez más estrechas. Unas manos se aferran a mis pequeños brazos, me zarandean, alcanzo a ver el rostro congestionado de mi abuela y pierdo la consciencia.

Es luna nueva, oscura, no se asoma si quiera una estrella, las luces están apagadas mientras mi pequeño cuerpo reposa en la litera, el gran toldo traslucido aísla a los mosquitos eficazmente. No hay puerta, la manta que cubre su espacio ondea al repicar del viento, la habitación ahora es de cemento.
Unos, dos y tres…Veo la sombra, alta, delgada, encarnada en un hombre, el hombre que los ojos en la oscuridad me habían mencionado años atrás. No hay escapatoria, no hay pérdida de consciencia, el monstruo se acerca susurrando palabras amables, y no le temo, porque aun no entiendo: acaba de destrozarme la vida.

Los años han pasado y los moratones que mi tierna piel ha resguardado han desaparecido, no así las huellas. Las huellas pesan, aunque aún no se han convertido en cicatrices. La habitación es más pequeña, aunque sigo durmiendo en literas, las ocupamos dos ángeles con las alas rotas. La luz que se filtra es ínfima, insignificante, a modo de presagio, la puerta ahora es de madera.

Uno, dos y tres…el monstruo no la golpea, le hemos abierto desde mucho antes, descanso confiada, la infancia es fe, en ella no cabe la desconfianza. El viento golpea el cristal y mi pequeño corazón se altera, pero mis párpados pesan y prefiero no darle importancia. Unas manos se aferran a mi cintura, el roce de una gran camiseta acaricia mi espalda, y sonrío confiada, el monstruo finge caricias maternales y yo, estúpida, y yo, ingenua, continuo con los parpados cerrados. De repente el peso de su cuerpo en mis frágiles huesos, el aliento a demonio, las intenciones desveladas. Grito, forcejeo y huyo; pero no entiendo nada.

La niña frágil queda atrás, a fuerza de saña y maldiciones. La noche continúa llegando, los espectadores continúan ignorando, durmiendo plácidamente. Y entonces…cuando soplo la vela que mantiene encendida la luz, escucho un contundente repiqueteo en la puerta de hierro, la tortura no cesa


Uno, dos y tres…"hola pequeña, soy yo, el monstruo otra vez"



Quiero contarle esta noche un secreto a esta luna de mil caras, susurrarle, para que nadie nos escuche, que la vida se me escapa. Me quedaría aquí, sentada en este reconfortante balcón de cerámica amarilla narrándole historias de tiempos mejores. Le hablaría de todos mis temores; de como odio la oscuridad, de las mentiras repetidas, de las despedidas. Le respondería gustosa que no creo ya en amores, que me han condenado a la soledad desde mucho antes de nacer.

Y ella luna lunera, reflejada sobre el bosque de pinos a mi alrededor, escucharía gustosa. Albina y linda luna, cuanto daría para que tus palabras de consuelo pudieran sanar en algo mi dolor. Estas noches de verano siempre serán eternas, aun cuando esté bajo tierra y todos los remordimientos y gusanos hayan devorado mi ser. La eternidad ha pendido siempre del mismo segundo y jamás hasta ahora, he sido capaz de ver.

El mar reluce a lo lejos, sus olas aún son mansas, luna lunita, tu sabes cuánto todavía amo sumergirme en sus aguas. Las olas turbias aún no han decidido perseguirme en sueños, los ojos del dragón aún son amables, aún no sé que soy incapaz de lidiar con la bestia. Dime ¿Cómo puedo conservar todos mis sueños? Están todos en una cajita de cristal y temo perderlos, quizás he comenzado a hacerlo sin saberlo.


Dime luna bella, tu que guardas en tu interior un mar de certezas… ¿Qué debo hacer? La brisa de verano está llegando a su fin y el sol impetuoso ilumina el horizonte, poco a poco luna lunita te dejo de ver. La sombra de un nuevo día ha llegado, hoy es el ayer. La claridad te engulle con sus furiosas fauces…luna lunita, te has ido sin responder.




Es hora de partir, se rumorea por ahí que las despedidas son inevitables, los deseos son efímeros y se extinguen como estrellas fugaces en el cielo. Cierta e inevitablemente, puedo corroborarlo, yo siempre he vivido a diez centímetros del cielo. La felicidad ha sido tan escueta y esquiva, es algo que jamás he podido rozar siquiera con la punta de los dedos. He guardado supongo tanta desolación y abandono dentro del pecho, el exceso ha acabado por dejarme vacía y desecha.

Mi madre solía cantarme canciones de cuna mientras me arrullaba en su regazo, hoy incluso el calor de sus brazos se siente lejano. A veces creo que rezaba inútilmente para que un milagro me borrará las cicatrices, que borrara todas las pesadillas y los matices de dolorosos recuerdos. Su suave voz ha dejado de darme consejos; lo siento mamá. Lo siento por engañarte, nada ha cambiado, sigo estando tan sola como antes.

Querido papá… ¿Sigo siendo la niña de tus ojos? ¿Luzco todavía tan valiente, inteligente y malcarada? Confieso que todos tus actos de superhéroe se han grabado a fuego en mi memoria, no hay día que no te recuerde, ni ruegue en vano por tenerte. Un minuto, un segundo, una centésima de tiempo perdido. Es cierto Superman, ni siquiera tú puedes desafiar al destino, yo no puedo seguir jugando a que todo está perfecto, mis caminos se han torcido. Soy un caos papá, y muero cada día un poco más, aunque por fuera sonrío.

¿Dónde están mis amigos? En ocasiones despierto confundida, asumiendo que ha sido todo un ligero sueño. Como si las risas nunca hubieran existido, como si los abrazos sinceros estuvieran hechos de papel. Cuando el despertar es abrupto, suelo preguntarme; ¿Esos columpios siempre han estado tan vacíos? Supongo que debería pedir perdón, por mí y por vosotros, porque las promesas nunca se han cumplido, quizás porque siempre han estado rotas. El mundo ha dejado de ser mío, las verbenas de San Juan han desaparecido. Me encuentro sola en el portal 169, contemplando un cielo sin estrellas, todas, sin dejar rastro se han ido.

El humo de mi cigarrillo me salva el alma cuando las esperanzas se me escapan, cuando soy incapaz de retenerlas con la mano. No le temo a la tormenta, le temo a la calma, ya que nunca ha llegado, jamás he sido capaz de experimentarla. Las cicatrices están tatuadas desde siempre en mi alma, alguna bruja mal intencionada conjuró maldiciones sin fecha de caducidad, y a mí, a mí la verdad me ha dejado de importar.


Que dulce sabor tiene esta amarga despedida; y es que desprenderse de lo que más se ha amado nunca en la vida tiene este particular encanto. Hasta nunca, hasta que nos volvamos a encontrar.
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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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