El rincón de lila

De omnibus dubitandum


(Imagen creada por Shelia Liu)

La Vía Láctea sigue precipitándose sobre Andrómeda, el agujero negro supermasivo cercano a la constelación de sagitario sigue engullendo todo a su paso, y yo, celebro gustosa ser una mota de polvo movida por la angustia y la convención social, efímera y en crisis, que arbitrario esto de existir y que problema realmente el de nacer. Viviré curiosa en pupilas dilatadas, memorizando significados y significantes, aprendiendo a distinguir los tipos de suelo, la fotosíntesis de las plantas, las derivadas integrales, los procesos del agua y cómo encajar en sociedad. Esta última, por supuesto, colocándose como la tarea más titánica de todas, en la vida no se me preparó para las relaciones saludables, para saber como tratar al otro, tener cuidado también, del otro. E ignorante para eso para más que nada, y eso que soy ignorante en tantas cosas, continúo desenvolviéndome en torpeza infantil, solo que ahora no hay recesos prolongados, ni mariposas lo suficientemente bonitas como para acaparar toda mi atención, la primavera por estos rincones tropicales del globo terráqueo ni se asoma y yo he comenzado a preocuparme más de tener que comer tres veces al día, pagar todas las facturas y hacerme responsable de las miserias que se recrean en la estirpe que me parió.


Y sin embargo, sin embargo, todavía me muero por encerrarme en una habitación helada, taparme de pies a cabeza con las sábanas, encender la linterna y perderme en los libros que me regalaban, deslizar los lápices gastados sobre las hojas de líneas blancas, blancas, y extensas, como la sin certeza cálida. Ya he divagado mucho acerca de la muerte y los caminos que me pueden llevar a esta, más, menos convincentes, el otro, los otros, qué sé yo de los otros, estoy harta de vivir sintiendo que no soy y que no me alcanza para ser. Sí, es evidente que quiero morirme, pero quiero morirme solo si he vivido bien, es mi rebelión personal, mi burla particular hacia los dioses: cargar mi piedra con gracia. 


Amablemente, hoy es uno de esos días en los que solo puedo pensar: ¡Qué se joda todo lo demás!

 


(Ilustración realizada por Xuan Loc Xuan)

Ah, el desasosiego, campa rampante sobre mis muelas y me deja sabor agridulce, a mañanas no concluidas a recuerdos desesperantes de la infancia, quien sabe, al menos soy lo suficientemente valiente como para no renegar de estos, allá que se nieguen responsabilidades los que son cobardes. Me hago cargo, cargo desde que tengo memoria, desde que debía levantarme, comer, vestirme sola, llevarme, traerme de la escuela y darme las explicaciones que esa gente adulta, muy confundida y con demasiados problemas no sabía darme. Así que es evidente que hacerse una buena vida, cuando intenta hacérsela uno mismo, es una tarea difícil y poco fructífera, mirándolo con serenidad adulta, no es de extrañarse siquiera un acápite de mis circunstancias actuales.


Me pregunto qué habrá sido de aquella muchacha, probablemente a ella, mis lamentos, limitaciones, mis tan pulidas, puntiagudas, cuadradas formas del mundo le importarían un carajo. Esa muchachita tuvo el corazón para sobrevivir a tanto, desde luego, yo no me le parezco en nada. Ella creía en los mañanas, en su versión edulcorada del tiempo, en un “yo creo en las hadas, si creo” de corte cronológico. Asumía que para los veinte ya no tendría miedo de la oscuridad y que tendría suficiente calidez en las muñecas como para seguir siendo buena persona, para nunca parecerse  a nadie que la rodeaba, para nunca ser cruel, perder los estribos, ahogarse en diecisiete botellas de cerveza o estallar en una crisis nerviosa. Y cuando le costaba creer, porque había días en los que francamente le costaba, se sentaba en el balcón con las mejillas ardiéndole de tantas bofetadas y dibujaba sobre sus folios blancos, era rebelde, amable y malcarada. Y hoy se ha perdido, todo eso, toda ella, se ha perdido por completo. 


Traen a colación los espectadores sus consideraciones particulares sobre el paraíso perdido, mi infancia fue un lugar plagado de monstruos y escapadas fortuitas, de incógnito, a prados violetas. Yo no extraño un milímetro de ese mundo plagado de sombras, de negligencias en bucle, en eterno retorno, no romantizo en lo absoluto los relatos que me contaban a luz de luna, no se me antojan nobles la miseria, el panfleto gastado del manifiesto comunista o la hoja gastada del dominical, a mi se me ha difuminado el carbón de las mejillas y nunca supe rezar con convicción alguna. Lo que extraño, lo que anhelo horrores, lo que me revienta de rabia y me hace maldecir mecánicamente sobre la mesa de cristal en la casa vacía, es mi vitalidad empeñada. Mis latidos repiqueteando en piedra, la frialdad sobre mis antebrazos marcados en sangre, el vómito atascado en mi garganta, la piel hecha huesos, la tristeza bajo la almohada. 


Me extraño a mi misma, sobre la barandilla del balcón bailando en las puestas de sol sin miedo al vacío, a punto de caerme, sola, con las columnas desmoronadas, pero riendo, danzando, riendo...

     

                                                                                                               (Ilustración realizada por 애뽈)

    Hoy es uno de esos días en los que no puedo pensar claramente, no he dormido, por eso mismo, debo escribir. He tenido mucho trabajo, me duele lo que tiene que dolerme, por cuanto haga falta, y la vida se me ha venido encima. Es este un escenario de los difíciles y he llorado bastante seguido estas madrugadas, la conclusión a la que me ha conducido el insomnio, sin embargo, es cuanto menos cálida, resisto tanto a creer lo que mis ojos no han visto, ni mi piel ha experimentado, que no voy, no puedo negar; me resulta extraño. He recorrido 365 días y he descubierto en mi mirada a una niña muerta de miedo, pero con ojos de luz, sonrisa escueta y piel abierta, esperando a ser tocada. Tomé una decisión difícil, difícil porque ni aun embelesada puedo ceder frente a lo otro, lo desconocido, lo irremediablemente doloroso, doloroso, dolor, mi vida ha estado tan llena de esto y apenas dimensiono; tu calidez ha sido un hilo de Ariadna.


Si, nuestra cercanía se traduce en convenciones asociadas a lo socialmente construido y aceptado como afectividad, para ser más concretos, afectividad sentimental, pero esta dimensión es apenas una pequeña pieza del repostero. Confieso que cuando estoy contigo mi piel vibra suavecita y tu espalda se siente en tacto de nube, calor de chimenea en los meses de navidad, de invierno. Me es fácil cerrar los ojos y anhelo siempre acariciarte, no pienso demasiado sobre estos impulsos, pero, sé, me alcanza para saber, que no me brotan de la nada, que hay en ellos una suerte de deseo consciente que trasciende la excitación torpe de los primeros días, días en los que no quería mirarte demasiado tiempo, por miedo a que notaras toda mi curiosidad e intriga.


 Llegaste despacio y con cuidado, siempre preguntando, un paso adelante de mi tosquedad, directo, breve, estructurado, estructuradísimo, pero tan paciente, amable y fuerte. Se sentía todo tan sencillo, en su puesto, en espacio propio... solo pude sentarme a tu lado y resignarme a querer estar cada día un poquito más cerca. Que bien se sintió tu tacto siempre, de verdad, nunca hubo miedo, supongo que esa debería ser la regla, no en mi vida por lo menos, tristemente. Tus dedos podían deslizarse por mi cabello, muñecas, espalda...recrearse en los pliegues de mi blusa, trazar el camino hacia mis pechos, darme tranquilidad, generar deseo, sugerir, avivar pura libertad. Por supuesto, a veces no sabía cómo ubicar las emociones y me quedaba extrañada observando tus facciones a contraluz. Más allá de lo físico, está el placer, que siempre me ha generado innumerables problemas, más allá del placer, está la confianza y luego, la calma. En mi método de observación científica, me ofreciste un resultado atípico y comencé a evaluar la veracidad de los epistemas. Volví al pupitre y no lo he abandonado.


Pero es que, no sólo he aprendido sobre los afectos, el acompañarse en pareja y todas sus implicaciones químicas. He aprendido, por causa natural, no porque haya motivos divinos, o en su defecto heliocéntricos, sobre la posibilidad de tomar decisiones diferentes, de vivir diferente. Amanecer en silencio y contemplar los átomos vacíos en color primavera. Y tal vez, tal vez por ahí está la respuesta, que no hay solo violencia, y que vale la pena tener fe y ser valiente, sobre todo, que puedo, que puedo permitirme tener fe y ser valiente...


Que lo merezco.


 

(Moonlight lady, René Gruau)

No quiero tiempo de reflexión, estoy harta de jornadas interminables que finalizan en despedidas. En siempre sucumbir a las marchas anunciadas, tengo el reclamo infantil atravesado en la garganta y no sé cómo lidiar con mis muchos miedos del pasado. Me siento sola, a la mitad, insatisfecha, como cuando niña. Solo que ahora en mis pupilas ya no hay esperanza, arde en fuego la angustia y no sé como hacer constructiva la rabia, he aprendido a hacerme cenizas, hábito adquirido bajo las sombras del cerezo que nunca ha florecido y estoy tan rica, llena de luz de luna, tengo la voz dulce y las manos suaves; puedo dar y ser tanto, pero no sé cómo.

(El nacimiento de Venus, Sandro Botticelli; flores detalladas)


Once lunas, y once transmigraciones auspiciadas por los vaivenes comunes, tan típicos y usuales en las rutas que entretejen el fluir de mi existencia. Tal vez, Minerva se ha compadecido lo necesario de mí y he aprendido a temerle con suficiente insistencia a las pasiones que se regocijan en los espacios mudos de mis clavículas; donde reside Dionisos y en donde se recrean mis impulsos inevitables, mis errores, la vida y su espacio destinado al tormento y la felicidad. He dedicado todos mis esfuerzos en piel, carne y huesos crudos a lidiar con el vacío que se extiende hondo desde mis pupilas hasta el pecho, he mirado sin titubear muchas veces los ojos cristalinos de Tánatos y aunque he sufrido enormemente, no logro deshacerme de mi esencia venusiana, he aprendido a habitar en los silencios, en los trazos redondeados de las letras que se plasman en mis cuadernos, en las constelaciones del sur que son fuego y verano, en los ojos color ámbar, en las promesas de mejores mañanas, en donde para variar, no hay otros, ni nadies, en la inminente colisión entre Andrómeda y la Vía Láctea, en la emoción de aprender y en el delirio de que volveré, y si no, en el de que al menos, aún queda algo de mi, que no es demasiado tarde, que no me dejaré ser solo a medias.

Engendrada por caos, remitida a su simbolismo mitológico, que es origen de todo universo, no voy a permanecer eterna bajo la mirada severa de Marte, que más dará cuanto pierda, me pierda.


(Ilustración de PedroTapa)

Línea tosca sobre las curvas que unen el abdomen con las caderas, mirada distante y sonrisa escurridiza en la comisura de los labios. Ojos color almendra, piel áspera, labios desollados, dedos inquietos y susurros perdidos en el amanecer húmedo;

Grito atorado, poros abiertos, pupilas dilatadas; whisky, tequila, ron,


Y vida, muerte;


Retrato de embriaguez,

llanto, 

risa, 

euforia,

sufrimiento

tristeza, 

rabia, 

cinismo, 

locura;


Desnuda, fría, distante, 

sensual y cercana;

Hecha bruja, piel de lobo, 

desgarrada, una en mil, 

fragmentos y algarabía, 

negrura, agua helada, pesadez


Cruel y vulnerable, 

vaivén, soledad,

Espejismo terso y gemidos en verso,

Pura carne, hueso,


Cuerpo, solo cuerpo.


Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris
(Annie Patterson Muscari and Frittilaria meleagris)

Hoy, tengo la mirada clara y las clavículas me tiemblan, he arrullado en ellas tantas penas, penas, sin certezas y estoy tan aterrada. Me reluce en la piel el anhelo de calma, la angustia, lo angustioso del porvenir. Me sugieren que seguir sufriendo es mi único destino, acierto y estoy tan desengañada, estoy tan harta de todo esto, me siento tan pequeña, novata, inútil, me persigue la idea de que nada ha cambiado;


Que seguiré estando tan sola como antaño, 

Que mi pelo crecerá siempre en primavera, 

Que me despedí para siempre en el enero de invierno,

Que no pararé de abrirme heridas en el cuerpo,

Que siempre tendré malos sueños,

Que siempre regresarán las pesadillas,

Que lloraré de rabia y contendré gritos de placer en mis pupilas ciegas y hundidas, 

Que estoy en un pozo, sin cuerda, 

el agua es helada, 

que han apagado la luz,


Y me desperezo escueta sobre las sábanas suaves de mi cama, con un manojo de lavanda en las manos y la sangre recorriéndome por el antebrazo, es tan extraña y suave esta calidez, 

Bosquejo de sol, casi parece que Andrómeda está lo suficientemente cerca, 

Que egoísta, que torpe, 

Me es prestada y hasta parece que me siento reacia a renunciar


Tanta muerte y tanto fracaso, para nada.



Relatos cortos de sexo en mundos paralelos con los personajes de el a… #fanfic # Fanfic # amreading # books # wattpad


Tengo las pupilas dilatadas en cobre, es de noche y mientras bailo despierta entre la cima de libros recostada en mi velador, me doy cuenta: de que han pasado cinco años, de que poco me reconozco.

He dejado de tejer mentiras en mi largo cabello y he perdido todas las certezas embaladas en nana de cuna. No vivo ya en un cuarto pequeño arrendado en Urdesa Central y hace mucho de la primera noche en la que entoné “canción para mi muerte” de Suis Generis al vaivén de un vaso de aguardiente puro. Ha pasado la carrera, y también, mi último intento de suicidio.

Empiezo a comprender que he crecido, ganado, más de lo que esperaba, y que, por lo tanto, también voy a perder demasiado: esa chispa, pequeñita de euforia,consignas críticas y fracasos ácidos; en esta ciudad de injusticias he contemplado mi relato familiar y la subversión de mi carácter, he llegado hasta el ocaso de los ídolos y la verdad, poco me hará sentirme alguna vez tan valiente y también, tan feliz.

Durante setecientos días he realizado un ejercicio constante de mea culpa y me he reconocido en todo lo decadente, vulnerable;


Voy a extrañar el sol asfixiante, las luces desperdigadas en la escultura de Juan del Pueblo, mi paseo por la vereda de la Universidad de las Artes, los cigarrillos cereza sabor brea, a contraluz, perdidos en la melodía de las discotecas de las Peñas. Mi rabia proyectada en pancartas de cartón y reclamos infantiles enardecidos.

La tranquilidad de la vista del Riocentro Norte desde el departamento de mi mejor amiga, Hector Lavoe entonando mi trayecto en la línea cuarenta y dos luego de mis sesiones de psicoterapia, el haberte encontrado y tus caricias suaves en noviembre veintidós. 


Prince Edward Island - Canada Map Illustration on Behance
(Ilustración realizada por Jeannie Phan) 

Han pasado 365 días y la mañana me trajo sabor a memoria, a despedida. Es probable que me encuentre respirando la metamorfosis más importante de mi vida; aún existo, aunque siga recordando lo que nunca sucedió.

El color azul nostalgia se escapa entre los copos de nieve que se esfuman en un horizonte púrpura y me veo, pestañas curvadas, labios secos y decisiones a nivel de la quijada. Tengo el corazón en la garganta, las manos temblorosas, la voz trabada y las lágrimas en autopista de salida. He crecido y en cinco meses he dejado de ser una niña. 


Mi limitado universo se ha extendido peldaño a peldaño y fui, lo que siempre he sido: solitaria, melancólica. Y estuve, como siempre he estado, perdida, desorientada. Dancé, eso sí, como nunca, en una paz silenciosa que solía arrullarme en reflejo color luz de luna y frío invernal. Me desollé la piel, resbalando más de una vez y grité muda noche a noche sin saber que hacer; pagando a precio de herida necia, mi amor ciego por las causas perdidas.


Y volví, y me sujeté, me quedé.


harumi hironaka sensual sad illustrations
(Ilustración realizada por Harumi Hironaka)

Sucede que un día tuve veintitrés y me encontraba divagando en la mirada perdida, que tenía sabor a vino y a bilis. Lo que había descubierto en el llanto de recién nacida adquiría un gusto parecido: agridulce.


Me mecía de izquierda a derecha, abrazada a un jean tiro alto mientras la cerámica fría y gris evocaba la redención a una culpa incierta y necia: movida por consignas dulces, escupidas en aura de pasado. Y la palabra “puta”, las marcas sobre el mentón, los ojos opacos y el forcejeo mudo se mezclaban en palabritas elaboradas en flores de papel periódico. El monstruo a contraluz me observaba escueto desde las rendijas claras fuera de la puerta del baño, había permanecido cerca-más cerca de lo que las promesas edulcoradas me permitieron tener en cuenta-durante nueve años.


Ah, es cierto, en nombre del amor “todo se puede”, la lealtad es estandarte de lo absoluto y las necesidades afectivas y egoístas adquieren consistencia dogmática. Ciega y estúpida la pretensión de excluir la duda, el error y el fracaso de tremenda intención-pleitesía-anhelo. Día a día, segundo a segundo había encontrado formas de morir y él-el monstruo-maneras de matarme.


Esa noche, en la botella vacía, con los labios desollados y los sollozos ahogados en nausea me di cuenta de que tenía veintitrés solo porque mis pupilas almendradas habían quemado la sombra de una niña de cerquillo irregular, soledad anunciada y cuerpo moreteado, que tenía tan solo cuatro.


Admito, probablemente, aquel enero once, su espíritu reposaba roto, pero la rabia le ardía en la boca y la determinación en las palmas abiertas:

Se acabó, para siempre, punto final.


La noche llega y las sombras poco a poco comienzan a comerle el corazón, la muchacha tararea una canción cerca de su ventana, las lagrimas comienzan a rodar por sus mejillas y resignada suspira. ¿Cuándo llegará el final? Las estrellas en el firmamento le responden a coro "no hay final"  y la niña siente como lentamente las sombras destripan su corazón, los recuerdos son fieras de colmillos y garras fuertes. La luz de la luna ilumina la curva de su espalda, en ella los planetas de alinean verticalmente, aveces el destino suele estar implícito en las cosas más básicas y sencillas, no hay peor maldición que aquella que se perpetra en la cuna. 

La puerta se abre lentamente y la penumbra se adentra en la oscuridad, entra una mujer esbelta y pálida, pálida como la porcelana, los cabellos negros le llegan a media espalda, viste de blanco y sus ojos son plata, color de luna. La niña la mira y sonríe, echándose a sus brazos sin dudar, su pecho es gélido, pero tan reconfortante...la cajita de la bailarina comienza a sonar, y la mujer la arrulla en sus brazos, mientras la niña frágil e ingenua se deshace en sollozos.

Los planetas que se reflejan en su espalda comienzan a quemar, y una línea roja se desliza desde su nuca hasta la cintura, dios, es tan doloroso como placentero,la mujer de ojos de luna acaricia sus brazos, contando cicatrices incontables y reprimiendo el llanto en la garganta, "cuanto tormento". Las tormentosas palabras, los incontables "adioses" el principio y el final. Y la daga que le ha clavado en la nuca resbala de su manos, los sollozos de la niña cesan y su respiración entrecortada se acompasa. La paz se refleja en su rostro y la muñeca de porcelana que estaba en la estantería se rompe en mil pedazos.

La nana continua y las estrellas entonan los coros mientras la dulce niña se desangra en la alfombra tapizada. Las decisiones inquebrantables se conciben también desde la cuna, justo como las funestas maldiciones...


Aquella mañana amaneció el cielo triste, pero los pajaritos cantaban alegres en el marco de mi ventana, entonaban hermosas melodías a modo de darme la bienvenida. Las sabanas de mi cama olían a lavanda, no había brazos cálidos ni miradas anhelantes, pero no me sentía sola, por primera vez en mucho...no me sentía sola. Miré con certero detenimiento mi antebrazo, recorriéndolo con tacto, no había siquiera cicatrices, no quedaba si quiera una.

" ¿Y Qué mas da que el tiempo vuele? ¿Y que más da que las alas se quiebren?"

Tranquila, como desde hacia una década no podía, descendí de la cama, me dirigí ensimismada a la ventana, era la segunda vez...y abrí la ventana deslizando mi mano al frío tacto de los copos de nieve. Mire el amplio jardín, cubierto de blanco, esperando por mí. La casa estaba sola, como antaño, tan sola, pero tan mía, como siempre. Y las escaleras de mármol sumaban veintiuno y descendí alegre, en el sofá estaba esperándome una muchacha de cabellos azabaches y ojos de malta. Yo también la esperaba, desde antes de nacer.

"El tiempo pasa"- susurra al verme
"Lo sé Lana, pero las apariencias engañan"-contesto entusiasta

El césped es cálido aunque el hielo lo atraviesa de extremo a extremo, nos sentamos bajo un gran cerezo y observamos como  el pasillo de sakura se extiende hacia la primavera, indomable ante la tormenta de nieve, y entonces en el centro de la tierra comenzamos a cavar. El pasado es un monstruo remolón, duerme bajo las raíces de las esperanzas, absurdas y esquivas.

"El tigre albino ruge"-me advierte Lana
"Y el Fénix canta"-replico en mi escasa certeza

La pala choca contra la caja de hierro y paro, con el corazón latiéndome a mil, solo existe algo más poderoso y despiadado que la muerte; el tiempo, y como era de esperarse poco están preparados los adultos que nunca crecen para enfrentarlo. Abro la cajita con manos temblorosas, y al hacerlo una dulce melodía me envuelve, algo se quiebra dentro de mí, es una suave nana.

"Hasta el fin o nada"- tararea Lana, mientras saca de la esquina de la caja una piedra de jade.
"Hasta siempre, ha sido un doloroso, pero placentero rencuentro."-susurro decidida


Tomó la piedra con cuidado y abro los ojos de par en par, la vida en una de sus útiles lecciones me enseñó que nada sirve cerrarlos ante el dolor, la tersa piel, comienza a abrirse bajo el trazo de la piedra, tengo cuidado de tocar los puntos válidos y observo como el hilo de sangre desciende desde el antebrazo a la muñeca, la nieve bajo mis pies se tiñe de rojo.

"Ha llegado la hora, pequeña, hoy no hay vuelta atrás, si pensamientos misericordiosos."

 Lana besa mi frente y se despide, rumbo al caserón de mi infancia, la observo de reojo y continuo mi camino. El sendero de cerezos es cada vez más vívido. Mis pasos son cada vez más firmes, y un cálido viento me acaricia el rostro, donde corren lágrimas de alivio y alegría. La melodía triste de la cajita se pierde en el camino y todo...todo lo que me parece oír en la lejanía es el suave tacto del agua caliente de la bañera, un llanto ahogado que llega tarde, como todos, como todo lo demás. 

"Hasta nunca."
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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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