El rincón de lila

De omnibus dubitandum

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(Ilustración realizada por Heo Jiseon)


Recuerdo que amanecía a las cinco de la tarde, que el polvo se alzaba furioso, bailando entre las rejas azules. Mis mejillas eran claras y siempre llevaba una figura de plastilina guardada en el bolsillo. Tenía catorce años y la vida hecha pesadillas. En los recreos me subía a las ramas de un árbol de ovos, leía porque no sabía vivir. El pasillo de cemento que se extendía frente a mi, se me antojaba largo, tan largo, no tenía ni idea, ni confianza alguna en si iba a poder atravesarlo. Mi pelo largo, encrespado tapaba la mitad de mi rostro; tarareaba canciones en idiomas desconocidos y miraba ensimismada por la ventana del autobús. Suponía que, pasaría, que algún día no tendría que transitar ciega el camino hacia los recuerdos pasados; ruta remitida al infierno. Y negaba, negaba en las esquinas, susurrando en labios apretados que no había razón alguna por la cual los brazos abiertos me escocían. 

El reflejo mate del espejo de mi habitación, me mentía dulce, sobre cómo las estrellas me hacían compañía, quedaban promesas por cumplirse en millas de distancia, que no era tan malo, tan mala. Oh, que mis relatos de cuentos de fantasía podían cumplirse, aún enmedio de mis reiterados intentos de morir, que era lo suficientemente valiente para salvarme de las heridas proféticas. 

Rememoro las sonrisas hechas en papel, las canciones de pop rock que sonaban en la radio, la humedad del huerto que plantamos para ciencias naturales, las serpientes de ojos de cristal y las nanas de cuna ahogadas en ataques de bulimia a las tres de la mañana.



He sido fuerte, tan fuerte, y estoy cansada, tan cansada.

Que alguien me robe la calidez que me late rabiosa en la piel de una vez por todas, porque quiero renunciar, 


Fracasar rotundamente.




El ruido del tren se escuchaba en un eco distante. Las estrellas aquella noche se habían alineado, prediciendo un singular destino. La luna taciturna e indiferente se reflejaba en los cristales de aquel gran ventanal. Apostado en la séptima avenida de aquel pequeño pueblo. El llanto que rasgó la noche, heló la sangre del oráculo.

Los ojos azules que pronto se tornaron pálidos y grisáceos se cerraron complacidos en un suspiro de alivio. El ser que rebosaba la vida que había robado de su progenitora, miraba inquieta el nuevo escenario del que sería protagonista.

Un hombre lleno de polvo, con un corazón podrido por el óxido, lloraba desconsolado a la luz del candil. Aferrándose a una pequeña mano, que contra todo pronóstico, sería capaz de quebrantar siglos de cadenas.

María Candela observaba con sus impasibles lagunas azules la ejecución de todo cuanto amaba de un mundo, que a pesar de ser lúgubre le ofreció todo el calor que en vida, la frívola corte fue incapaz de concederle.

Aquella noche, cuando el poblado minero fue incinerado hasta los cimientos, cuando fue arrastrada en contra de todos sus infantiles deseos, se consagró a sí misma como hija del dolor, del rencor, de una inminente venganza.

Su nueva madre, pronto se cansó de susurrarle canciones de cuna. María Candela formaba parte de una infinita colección de muñecas de porcelana que se abarrotaban en las vitrinas de aristócratas y nobles. 

Entre gritos desgarradores, entre un fuego invisible que abrasaba su piel, se deshizo noche a noche entre sábanas y pesadillas.

Aquel mundo superficial, marcado por el poder y la intriga le enseñó trascendentes lecciones. Entre ellas, la conveniencia de la traición en un mundo de traidores.

Doce años después bajo el augurio primaveral de una noche de Marzo, María Candela tiznó su rostro con ceniza de carbón. Recorrió lentamente, paso a paso las habitaciones de aquella abandonada mansión.

Toda la fortuna, sus padres adoptivos, la corte, aquel mundo gótico que pretendía conocérselas todas ya no existía. Aquella noche se vio a sí misma como una pequeña niña. Contempló desde algún lugar de su lúgubre corazón, el júbilo.

Cuál palacio de cristal, cual civilización de papel, las mansiones vacías ardieron hasta el amanecer.
Cuando un grupo de mensajeros reales llegó,  un verde campo se extendía a sus pies. No había ceniza, ni un amago de fuego.  Alertados por carcajadas sinceras descendieron hasta el centro del antiguo pueblo.

No hubo mayor descubrimiento, tan solo una pequeña niña de ojos azules riendo inocentemente al viento.

Lilalvsherworld

Lilalvsherworld
Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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