El rincón de lila

De omnibus dubitandum

Ilustración realizada por Heo Jiseon

Las aceras grises y la luna menguante, blanca, el cielo oscuro y el aire ligero, helado, heladito. Tu sonrisa escueta y las luces de navidad intermitentes, el tacto de tus manos anchas sobre mis hombros, el embrujo conjurado y la infelicidad rondando la comisura de los labios: extraño ese momento, momentos. Han pasado cerca de tres meses y toda la calma a la que nos entregamos en aquellos días parece haberse reducido a cenizas bajo la mirada de Marte. Las noches frías en las que descansaba contemplando los reflejos de luz sobre tu espalda, las peticiones mudas de dormir, cerca, cerquita, sin nada de ropa. El calor trepándome por el abdomen en las mañanas y los orgasmos recreándose en mi garganta, la suavidad de tus dedos sobre mis mejillas y la calidez de tu abrazo. Nuestros pasos perdidos por las escaleras de piedra, los pajaritos contemplando el atardecer a las orillas del río y la sorpresa: de tu proximidad, del miedo, de las certezas. Esas horas fueron el preludio de mi primer “te amo” y ya no hay contingencia, ni dádiva, ni excusa, me olvidé de como dar los pasos hacia atrás.

Ya no hay retorno ni para lo uno, ni para lo otro.


(Ilustración realizada por Kelogsloop)

Es de tarde, ciertamente de tarde, la luz suave se filtra por mi ventana y se dispersa en las paredes blancas, es siempre, es solo, mi cosa favorita del hogar, hecho en cuatro paredes, desordenado, tan vacío y tan solitario, propio, en síntesis, mío, después de todo. El calor es sublime y mi habitación acogedora, tan acogedora que es ajena a lo efímero, me da igual haber perdido o amado y esos recuerdos, felices o ingratos. Cuando uno aprende a ser libre, rara vez, hay vuelta atrás. Me descubro a veces tan egoísta, sufrida, y viva, tan viva...tan perceptible en consigna, con tantas ganas de experimentarme en carne, en prosa, destituida de la convención, y lejos, siempre lejos, como ejemplifica mi condena de infancia, pero sin tanto dolor, sustituida la necesidad, al vaivén de la única raíz que me sostiene, y aunque es casi que un paraíso entregado en bandeja de plata, se siente tan amargo. El desasosiego, la resignación, el aprender a evadirse de la maldad y sobre todo de la estupidez. Tengo veinticinco años y he aprendido pronto a estar sola. 


En soledad, a veces, me pisa los talones la culpa, esa que regresa en palabras mal estructuradas, dispersas y danzantes en la ignorancia hacia la tradición, en la majestuosidad del error y las concesiones de la mentira: Que es mi culpa, que debo querer según el decálogo, comportarme en ruta de la moral del amor ciego, abnegado, perdonar, distraerme, conformarme con la lujuria, ni siquiera de lo cotidiano, de lo mal ensayado y resistir, resistir los afectos nauseabundos, las sonrisas cálidas y los insultos soslayados en los dientes de cristal y el deseo ajeno en imposición. Poseída y negada a ser. Por suerte, es culpa, tan solo culpa, aunque legado, desdibujada, naúfraga de la venganza involuntaria y sobre todo, de mi partida, a esta última, sí que podemos referirnos con justicia.


Frente al espejo, con mis ojos rectos y estructurados, resultante del estado de confusión, en ocasiones, me admito la necesidad de celebrarlo: eso del reproche, eso de mi premiada indiferencia, mi terquedad, mi furia-toda mi furia-la histeria, la herida. La acusación de no ser la mujer buena, la conveniente, la necesaria, la inacabada, la que no entra en el molde de lo adorable o siquiera, respetable, bajo consigna cristiana, cruel y desagradecida, torpe, tan torpe, con la lengua enredada incapaz de repetir el dictamen del libreto y sentirse feliz de enamorarse en tres días y dejar como derivado, cerca de seis muertos. Ni soy suficiente, ni soy Julieta, y tu, constituido en Romeo, francamente, puedes irte al infierno. 


El sol es casi traslúcido y me filtra la piel desnuda, cicatrizada, sonrío, y llega la carcajada en hiel, las brujas no siempre arden en las hogueras. Y, después de todo... ¿A quién le importan los finales felices? Las victorias agridulces bastan y sobran, aunque estén, aparentemente, tan infravaloradas.


(Ilustración realizada por 초록담쟁이 greenivy76)

Que niña tan fea, tan fea, con los ojos escarlata perdidos en hidra, dibujando sobre las nubes formas de mariposas monarcas y profetizando huidas agendadas en el calendario.

Muda sobre las espinas de los rosales, sonriendo y desangrándose, con el pelo cortito casi al nivel de la quijada, escuchando noche a noche a los grillos rechinar por las rendijas de las ventanas, malditos grillos, maldita muchacha.

Cantando poesía impregnada en cartulinas baratas, la boca sabor sal, los pies ligeros, la risa eufórica, cariño entregado en dibujos de formas redondeadas, consignas pequeñitas de esperanza, terrible niña, porque ama. 

Ordenando libros sobre la estantería, contando cuentos en la terraza, roce de pestañas, piel, abrazo pactado, confianza terca, infundada, embaucada.


Triste niña, fea y abandonada.



Nací un 4 de mayo del año 96, llegué al mundo sin quererlo, por cesárea, con tres vueltas del cordón umbilical aferradas a mi cuello y la postura torcida. De los labios de mi mamita siempre brota la narración de este acontecimiento con ternura; aunque, ciertamente yo lo pongo en tela de duda:


Mis progenitores estaban en sus veintes, en un país destinado a la quiebra, eran personajes inconscientes danzado en las pautas de un relato incomprendido; pero tan doloroso como el infierno. 


Y en tanto; mientras Gabriel de veintidós años conseguía pagar  la clínica empeñando el televisor de su padre alcohólico-que le había robado el dinero destinado a las atenciones médicas de mi nacimiento- se instauraron par certezas; que mi signo solar estaba en tauro y que me regía venus.


Si el amor ha regido mi vida; no sé en qué extrañas transfiguraciones ha logrado hacerlo;


En la inmigración de las golondrinas un diciembre del año noventa y ocho, o en la llegada de los cuervos durante la primavera del noventa y nueve. Yo solo tenía cuatro años y ya comenzaba a aprender sobre monstruos y abandonos. Francamente no sé, tal vez hay lujos, que les están relegados a los hijos de la clase obrera; sobre todo, si se desprende uno de la placenta en la determinación social del deber ser mujer; orillada al nunca ser.


Así que muda y maniatada los ojos solían brillarme en la abstracción de la huida, llevo anhelando escapar desde antes de aprender a articular sólidamente mis pensamientos; mis palabras se han perdido en el viento y mi refugio se sigue resumiendo en la llegada del verano, en animes de los noventa doblados al catalán, en la indefensión silenciosa de la soledad, siempre a las cuatro de la tarde, en la suspensión de un tiempo, cual paréntesis en ad infinitum. Dibujé muy valiente mis aventuras, mis pinitos de amistad, las promesas de amor propio y pensé siempre, que un mañana diferente era posible.


Resguardé mi afecto infantil con terquedad e ilusión, me trabé entre esos recuerdos infelices, desperté mi erotismo en pétalos de egoísmo y sequé mis ramitos de lavanda al sol: he llorado, sufrido tanto, y es que siempre, siempre es hoy.
@ipadlydrawn  #illustration #dziewczynasołtysa #brunette #girl #art

El corazón me palpita lento; pero no me aflijo y tampoco entiendo, no sé si se puede amar lo que se desconoce y en ese sentido; yo soy solo desconocimiento.


Los brotes de polen en plena primavera me narran sobre nanas de calma y de cuna en las que tal vez, pude algún día, haberme arrullado; pero no hallo razón para dar en ello cabida a lo “verdadero”. No conozco de certezas y he descubierto que me aferro con rabia a la consigna “libertad”, me aburre pensar en sonatas eternas y en cuentos sin finales abiertos. 
No me he abierto la piel en noches blancas para tejer sobre ella melodías románticas de placebo hilarante: así que no doy pie al porvenir y no creo en las promesas. 


Deambulo en melancolía lobuna desde hace largo tiempo, no existe argumento, construcción o dádiva que me convenza de hacerme por (para) un otro y mis fogatas siguen quemando anhelos viejos, tan viejos como estériles. No negaré, tampoco; tengo mucho miedo, porque solo sé estar sola y decantarme por toda ruta que me lleve a lo lejos, a lo remoto, a la solución patética de vacío recurrente.


No me eximen estas conclusiones, de suavizar el tono de voz y sentirme a gusto en el calor prestado, de abrazar y acoger las vibraciones minuciosas de una piel suave; de besar despacio, de fruncir el ceño en medio de las intenciones conscientes de experimentar sobre (en) sexo, placer, deseo.
Me gusta contemplar las motitas de polvo sobre mis pestañas y hundirme en la calma torpe, en el descubrimiento constante de que no puedo adjudicar categoría o naturaleza a lo que siento o a mis demostraciones de afecto; ni me esperan, ni espero.


Y por eso, tal vez, solo tal vez, alcanzo a divagar e incluso hasta proponer que; el no saber es mi forma genuina de querer, sea lo que sea, que eso signifique, sea a dónde sea, que eso me lleve.


Llegue a este mundo siendo arrullada en tus nanas de revoluciones. Tus pupilas amables me contaron de dolor y de sacrificio.

Tu amor y tu afecto, comencé a comprenderlos en el silencio, de tu valentía, de tu fortaleza...y cuando los rayos de luna alumbraron tu rostro en febrero, también pude comprenderlos en tu vulnerabilidad.

Siempre mirabas el firmamento lleno de expectativas; te recuerdo íntegro a contraluz, mientras el sol se alzaba y en Barcelona amanecía. Sonriendo mientras me prometías un gran futuro.

Tus promesas; no obstante, no solías entregarlas de a gratis. Y en ellas solías orientarme con arrogancia y estrictas vistas; pero también con suma vehemencia. Me enseñaste a amar al prójimo, a sentir el dolor en los ojos de quienes me rodean y también, de quienes no. Te aseguraste de que posara mis pies en la tierra y que jamás me permitiera olvidar su aspereza. Escondías muy bien tu preocupación en pura intransigencia, y cada mañana cuando debías partir, te asegurabas minuciosamente de que mis alas continuaran intactas. Perdóname, yo sé cuánto deben dolerte todos los rasguños y heridas que el tiempo ha plasmado en ellas.

Sé que tal vez no le he hecho honor a todos tus cuidados; sé ahora también que tus manos trabajadoras no son capaces de moldear el tiempo, la vida o el destino. Sé también, hoy, que nos hemos equivocado demasiado.

Mi corazón terco, torpe, necio, empático, amoroso e insaciable de conocimiento...te lo debo.

Te debo tanto papá y a veces siento que puedo devolverte, tan, tan poco.
Pero, a pesar de lo angustioso, del peso de los relatos, de la distancia y de la injusticia... ¿Me dejarías abrazarte de nuevo?






La luna centella alto en la montaña, los ojos azabaches de Nayarak parpadean en la oscuridad, lucen valientes, certeros, sin velo. Su tez canela se refleja tercia, tensa. Las cicatrices que le recorren el dorso hierven sobre la delicada piel. Los largos cabellos de la guerrera hondean en el viento filoso de la oscura noche. Con lanza en mano, con la cara tiznada se adentra en los matorrales.

Respira lento, agazapada en aquella frondosa selva, el gran talismán de oro que reposa sobre sus senos brilla intensamente. El rugido de la pantera inicia la melodía metódica de las bestias. Ojos sagaces la observan desde la oscuridad mortal. Abajo, tan debajo del poblado, voces jubilosas se reunían alrededor de una gran hoguera. La muchacha fija sus ojos en los pálidos rostros que conjuran tormentas con sus estruendosos gritos.

El ciclo se estrechaba poco a poco pero concienzudamente…Arriba, abajo, izquierda, derecha. Las cuatro dimensiones comenzaban a resquebrajarse tras milenios de estabilidad. Sus manos se hundieron en el suelo húmedo; la tierra es madre de ella se nace y a ella se vuelve cuando se muere…hasta el renacer.

Una mano fuerte tira de sus muñecas, segundos bastan para que la joven trepe encima de su captor y coloque sobre su garganta la punta de su afilada arma. Es oscuro, oscuro como la indiferencia de los dioses; Nayarak, sin embargo, tiene ojos de bruja. Ante ella una piel blanca y unas lagunas turquesas asomaban tras el rostro de un hombre joven, aunque no más que ella.

-Sathiri-pronunció la guerrera, pues las lechuzas habían conjurado el nombre del hombre que estaba bajo su peso. No se dirigiría a el de ninguna otra manera.

Pese a que no hubo gritos, el suceso llama la atención de tres ebrios compañeros del muchacho, que activando todo sentido de alerta deciden internarse en la peligrosa selva. Las historias de salvajes que despellejan y arrancan el corazón a los desafortunados no son anécdotas que deben tomarse a la ligera. Una espesa bruma se interpone, de los arboles parecen venir voces estruendosas y amenazadoras. Los adalides de la valentía desisten. Basta aquella simple señal para descartar el sacrificio. El otro es valioso cuando aporta, cuando hace que el circulo fluctúe, que nunca se cierre.

Tres días bastan para lograr que aquel joven recorra tres cuartas partes de la selva. Los pasos de aquella mujer que rondaría los dieciséis según sus cuentas, eran mudos. Ante su tosca y profunda mirada el gran talismán de oro perdía importancia. La selva es asesina, pero sabia. La idea de atacar, vejar, esclavizar e incluso comercializar comenzaba a ser desplazada por extraños susurros e imágenes. Desde hacía dos noches una pantera albina de ojos ámbar los guiaba a través del sendero.

Cuando la extenuante caminata se extendió hasta las bases de una monstruosa cascada, Sathiri sintió por primera vez el temor hondarle en el pecho, el destello de cordura y racionalidad que había perdido parecía volver a él a pasos agigantados. Nayarak leyó en sus pupilas el destino.

Dejando caer todas sus vestimentas se adentró en la corriente del rio, las aguas parecían tornarse mansas a su ligero paso. De la mano, Sathiri contemplaba embelesado la curva de su espalda que se hundía hacia el infinito en las aguas. Tras las cortinas de líquido vital una cueva se adentraba directo hacia la oscuridad. Se detuvieron en la entrada.

Fue entonces, al voltear la muchacha su afilado rostro, al abrir sus ojos, cuando el color dorado los predominaba…eran los ojos de la pantera. La desnudez de la muchacha permitía ver como suaves líneas blancas trepaban desde los talones hacia el cuello. Atrajo lentamente la mano robusta del joven hacia sus pechos, donde descansaba el talismán.

Sathiri pudo verlo…el negro firmamento, grandes masas estelares, una gran explosión, el gran principio, pero nunca el fin. La palma de su mano ardía, sus lagunas turquesas se habían tornado albinas. Un llanto de dolor resonó por la cavidad rocosa. El agua mansa y tersa se tornó una bestia. Cuando recuperó el control, la gran pantera de sus sueños estaba frente a él.

Las antorchas de fuego se dejaron ver tras el manto trasparente, Nayarak se lanzó contra el enemigo. Sathiri se adentró rápidamente en la cueva, donde cientos de pequeños aborígenes lo miraban con cautelo. Mostró el talismán, indicando que conocía sin lugar a dudas la salida, observando por última vez y de reojo, como el agua se teñía de rojo. El aullido de dolor de una pantera blanca lo perseguiría de por vida.


Estados Unidos-Florida Miami- 20 de mayo de 1992, 15:25 pm

Las luces cegadoras del hospital impedían que John de apenas seis años pudiera siquiera pensar en conciliar el sueño. Aquello le resultaba tremendamente injusto, todos lo mantenían lejos de la habitación esterilizada de su abuelo. Aburrido y asediado por la curiosidad, el pequeño niño se dirigió al ascensor, jugando con los botones arribó a la tercera planta. En la pared que precedía al largo pasillo, se encontraba un cartel que rezaba “Maternidad”. Los pasos ligeros le llevaban con certeza hacia el “gran escaparate de bebes”, como solía llamarle. A medida que el pasillo se estrechaba, un ruido molesto comenzaba a cubrirle la mente, sonaba…sonaba como el agua que se deslizaba por los canales del techo cuando una fuerte tormenta danzaba sobre la ciudad.
Cuando logró llegar al mostrador, un intenso escalofrío le recorrió la espina dorsal, todos los bebes disfrutaban de un sueño placido, sus parpados caídos demostraban aún su incapacidad de abrirse al mundo…todos...


Excepto unos inmensos ojos azabaches que lo miraban con añoranza…. “la tierra es madre de ella se nace y a ella se vuelve cuando se muere…hasta el renacer.”






Nota 1: Nayarak significa renacer en quechua- También puede simbolizar "tener muchos deseos"
Nota 2: Sathiri significa sembrador en quechua. 
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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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