El rincón de lila

De omnibus dubitandum


Relatos cortos de sexo en mundos paralelos con los personajes de el a… #fanfic # Fanfic # amreading # books # wattpad


Tengo las pupilas dilatadas en cobre, es de noche y mientras bailo despierta entre la cima de libros recostada en mi velador, me doy cuenta: de que han pasado cinco años, de que poco me reconozco.

He dejado de tejer mentiras en mi largo cabello y he perdido todas las certezas embaladas en nana de cuna. No vivo ya en un cuarto pequeño arrendado en Urdesa Central y hace mucho de la primera noche en la que entoné “canción para mi muerte” de Suis Generis al vaivén de un vaso de aguardiente puro. Ha pasado la carrera, y también, mi último intento de suicidio.

Empiezo a comprender que he crecido, ganado, más de lo que esperaba, y que, por lo tanto, también voy a perder demasiado: esa chispa, pequeñita de euforia,consignas críticas y fracasos ácidos; en esta ciudad de injusticias he contemplado mi relato familiar y la subversión de mi carácter, he llegado hasta el ocaso de los ídolos y la verdad, poco me hará sentirme alguna vez tan valiente y también, tan feliz.

Durante setecientos días he realizado un ejercicio constante de mea culpa y me he reconocido en todo lo decadente, vulnerable;


Voy a extrañar el sol asfixiante, las luces desperdigadas en la escultura de Juan del Pueblo, mi paseo por la vereda de la Universidad de las Artes, los cigarrillos cereza sabor brea, a contraluz, perdidos en la melodía de las discotecas de las Peñas. Mi rabia proyectada en pancartas de cartón y reclamos infantiles enardecidos.

La tranquilidad de la vista del Riocentro Norte desde el departamento de mi mejor amiga, Hector Lavoe entonando mi trayecto en la línea cuarenta y dos luego de mis sesiones de psicoterapia, el haberte encontrado y tus caricias suaves en noviembre veintidós. 



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Todavía siento que la lluvia me quema en la piel y que mi aliento acelerado se pierde en la humedad de la noche. Cuento reproches con los dedos de las manos y me doy cuenta de que es inútil, que el regusto amargo de café negro sin azúcar es capaz de resumir lo innecesario del remordimiento. Mis anhelos de niña parecen no tener cabida en mis veintitrés años, he crecido y he cambiado. Cuanto ha dolido; no sé que milagro me ha permitido soportarlo.

Me refiero a ese dolor necio enredado en mis entrañas, a esa tristeza incontenible marcada a fuego en los trazos que definen las curvas tercas de mi cuerpo. A los sueños etéreos cobijados en premisas de placebo.

Que fracaso, pero que lejos, que bien se siente.

No quiero esas consignas si se resumen en vómitos puntuales sabor a vino, cuando el reloj marca las cuatro o las diez de la mañana. Si eso implica que debo ahogarme en llanto sobre las baldosas grises del baño o perder la mirada nublada en los trazos de la puerta de madera. No las necesito si me traen recuerdos de noches sin luna, me rehúso a mantenerlas si me conducen a escenarios en los que reina la desolación más absoluta.

Estoy muy lejos de ser perfecta; pero no lo merezco, nunca fue así. Los trazos de sal que me han dibujado los pómulos están muy lejos de encontrar razones. Así que, es hora de envolver toda su negligencia y errores en papel de regalo color escarlata, dejar que lo devoren roedores en chasquidos de puro sin sentido.

Yo me desentiendo, me despido, y;

Pueden-deben- arder esos retazos de papel y sus relatos escritos en hiel, en lo más profundo del infierno, junto con mis buenas intenciones, mis memorias anhelantes, todos mis intentos, junto a mis sueños de pelada necia, terca y demandante.



Aquella mañana amaneció el cielo triste, pero los pajaritos cantaban alegres en el marco de mi ventana, entonaban hermosas melodías a modo de darme la bienvenida. Las sabanas de mi cama olían a lavanda, no había brazos cálidos ni miradas anhelantes, pero no me sentía sola, por primera vez en mucho...no me sentía sola. Miré con certero detenimiento mi antebrazo, recorriéndolo con tacto, no había siquiera cicatrices, no quedaba si quiera una.

" ¿Y Qué mas da que el tiempo vuele? ¿Y que más da que las alas se quiebren?"

Tranquila, como desde hacia una década no podía, descendí de la cama, me dirigí ensimismada a la ventana, era la segunda vez...y abrí la ventana deslizando mi mano al frío tacto de los copos de nieve. Mire el amplio jardín, cubierto de blanco, esperando por mí. La casa estaba sola, como antaño, tan sola, pero tan mía, como siempre. Y las escaleras de mármol sumaban veintiuno y descendí alegre, en el sofá estaba esperándome una muchacha de cabellos azabaches y ojos de malta. Yo también la esperaba, desde antes de nacer.

"El tiempo pasa"- susurra al verme
"Lo sé Lana, pero las apariencias engañan"-contesto entusiasta

El césped es cálido aunque el hielo lo atraviesa de extremo a extremo, nos sentamos bajo un gran cerezo y observamos como  el pasillo de sakura se extiende hacia la primavera, indomable ante la tormenta de nieve, y entonces en el centro de la tierra comenzamos a cavar. El pasado es un monstruo remolón, duerme bajo las raíces de las esperanzas, absurdas y esquivas.

"El tigre albino ruge"-me advierte Lana
"Y el Fénix canta"-replico en mi escasa certeza

La pala choca contra la caja de hierro y paro, con el corazón latiéndome a mil, solo existe algo más poderoso y despiadado que la muerte; el tiempo, y como era de esperarse poco están preparados los adultos que nunca crecen para enfrentarlo. Abro la cajita con manos temblorosas, y al hacerlo una dulce melodía me envuelve, algo se quiebra dentro de mí, es una suave nana.

"Hasta el fin o nada"- tararea Lana, mientras saca de la esquina de la caja una piedra de jade.
"Hasta siempre, ha sido un doloroso, pero placentero rencuentro."-susurro decidida


Tomó la piedra con cuidado y abro los ojos de par en par, la vida en una de sus útiles lecciones me enseñó que nada sirve cerrarlos ante el dolor, la tersa piel, comienza a abrirse bajo el trazo de la piedra, tengo cuidado de tocar los puntos válidos y observo como el hilo de sangre desciende desde el antebrazo a la muñeca, la nieve bajo mis pies se tiñe de rojo.

"Ha llegado la hora, pequeña, hoy no hay vuelta atrás, si pensamientos misericordiosos."

 Lana besa mi frente y se despide, rumbo al caserón de mi infancia, la observo de reojo y continuo mi camino. El sendero de cerezos es cada vez más vívido. Mis pasos son cada vez más firmes, y un cálido viento me acaricia el rostro, donde corren lágrimas de alivio y alegría. La melodía triste de la cajita se pierde en el camino y todo...todo lo que me parece oír en la lejanía es el suave tacto del agua caliente de la bañera, un llanto ahogado que llega tarde, como todos, como todo lo demás. 

"Hasta nunca."




Es hora de partir, se rumorea por ahí que las despedidas son inevitables, los deseos son efímeros y se extinguen como estrellas fugaces en el cielo. Cierta e inevitablemente, puedo corroborarlo, yo siempre he vivido a diez centímetros del cielo. La felicidad ha sido tan escueta y esquiva, es algo que jamás he podido rozar siquiera con la punta de los dedos. He guardado supongo tanta desolación y abandono dentro del pecho, el exceso ha acabado por dejarme vacía y desecha.

Mi madre solía cantarme canciones de cuna mientras me arrullaba en su regazo, hoy incluso el calor de sus brazos se siente lejano. A veces creo que rezaba inútilmente para que un milagro me borrará las cicatrices, que borrara todas las pesadillas y los matices de dolorosos recuerdos. Su suave voz ha dejado de darme consejos; lo siento mamá. Lo siento por engañarte, nada ha cambiado, sigo estando tan sola como antes.

Querido papá… ¿Sigo siendo la niña de tus ojos? ¿Luzco todavía tan valiente, inteligente y malcarada? Confieso que todos tus actos de superhéroe se han grabado a fuego en mi memoria, no hay día que no te recuerde, ni ruegue en vano por tenerte. Un minuto, un segundo, una centésima de tiempo perdido. Es cierto Superman, ni siquiera tú puedes desafiar al destino, yo no puedo seguir jugando a que todo está perfecto, mis caminos se han torcido. Soy un caos papá, y muero cada día un poco más, aunque por fuera sonrío.

¿Dónde están mis amigos? En ocasiones despierto confundida, asumiendo que ha sido todo un ligero sueño. Como si las risas nunca hubieran existido, como si los abrazos sinceros estuvieran hechos de papel. Cuando el despertar es abrupto, suelo preguntarme; ¿Esos columpios siempre han estado tan vacíos? Supongo que debería pedir perdón, por mí y por vosotros, porque las promesas nunca se han cumplido, quizás porque siempre han estado rotas. El mundo ha dejado de ser mío, las verbenas de San Juan han desaparecido. Me encuentro sola en el portal 169, contemplando un cielo sin estrellas, todas, sin dejar rastro se han ido.

El humo de mi cigarrillo me salva el alma cuando las esperanzas se me escapan, cuando soy incapaz de retenerlas con la mano. No le temo a la tormenta, le temo a la calma, ya que nunca ha llegado, jamás he sido capaz de experimentarla. Las cicatrices están tatuadas desde siempre en mi alma, alguna bruja mal intencionada conjuró maldiciones sin fecha de caducidad, y a mí, a mí la verdad me ha dejado de importar.


Que dulce sabor tiene esta amarga despedida; y es que desprenderse de lo que más se ha amado nunca en la vida tiene este particular encanto. Hasta nunca, hasta que nos volvamos a encontrar.
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Estudiante de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Existo porque leo, escribo y me rebelo.

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